Desde Technotitlan

ALERTA, ALERTA, ARTÍCULOS EXTENSOS, CON TENDENCIA A QUE SEAN CORTOS EVENTUALMENTE, PERO TODAVÍA NO. SIGUIENDO LOS DESIGNIOS DE LA TECNOLOGÍA, PUEDEN SEGUIRME, SI LO DESEAN, Y SI LO CONSIDERAN EN http://www.twitter.com/luisg2099 LES DESEO PAZ EN SUS HOGARES. I WISH YOU PEACE, EVERYWHERE.

domingo, noviembre 08, 2009

Muros (cuento)

(Celebrando el 9 de Noviembre de 1989, veinte años después)

Nota: Es un cuento largo, son 20,000 palabras, como 32 cuartillas, lo tenía que poner, lo siento :D

¿Qué se puede decir? Aquí lo que existe es una historia entrelazada que... mmm, ¿hasta qué punto estas pequeñas introducciones quitan o destacan hechos que de otras maneras se leerían a continuación? ¿Les quita o les da interés? ¿A qué te debes de dedicar cuando escribes? ¿A hablar solamente de lo que conoces? ¿De tus alrededores? ¿De la gente que conoces?

Es en ese tenor que empecé a escribir sobre ciertos hechos de los cuales al parecer no hay relación, pero que sin embargo sí puede haberlos. Todo en la vida está conectado, lo único es encontrar en qué está conectado, parte de la diversión de la vida es esa, encontrar las conexiones.

¿Estará todo relacionado? ¿O será todo una ficción muy bien entrelazada con miríadas de subtramas, en las que alguien nos engañó haciéndonos creer que somos protagonistas de producciones que no fueron más que meras pequeñas piececitas e algún gran reloj mecánico que marca los péndulos de las galaxias? ¿O sólo seremos los granillos pequeños que vamos cayendo lentamente en los desiertos horarios de nuestras aparentes grandes vidas?

Fuera de filosofías baratas, las conexiones sí pueden estar ahí.

Es sólo un pequeño planeta no infinito por definición axiomática.

Encontrémoslas.

—Pero yo te hablaba de Yao Yongzhan... Que perdió a su padre muy joven y que se puso a estudiar técnico electricista. Que estando en su provincia natal alguien le sugirió que viniera a Beijing a trabajar. Que algo estaba sucediendo aquí en la capital... Aunque perdiera derechos y subsidios.

Ese tipo de impulsos es de los que más le impresionaban a Wang, que hasta hacía poco nunca había salido de su pequeña ciudad. Nunca había tenido necesidad. Y él se sentía entonces orgulloso de ello. “Fui sólo un necio”, se dijo de inmediato.

—Beijing fue un cambio impresionante para él. Grandes calzadas, imponentes edificios... las miles de campanillas de sus bicicletas por las amplias calzadas, la modernidad del pueblo.

Wang al mismo tiempo confirmó su necedad, humillado de sentir igual que los campesinos que tenían la oportunidad de dar un vistazo a la gran ciudad.

Una cosa era verlo en televisión o en las películas oficiales, pero estar ahí, en medio del centro del mismo mundo. Increíble, la sensación no dejaba de ser abrumadora. Y él tampoco se la podía quitar. Era, y siempre sería, sólo un campesino vestido con un traje de ciudad. Un barniz que hasta el viento podía llevárselo si soplar quisiera.

Hablaba de miles de años de peso alrededor de su persona y sus mismos ancestros lo podrían atestiguar si pudiesen.

Tshuan Bin, todavía perdido en su sueño despierto, dijo:

—Probablemente no haría nada por cambiarlo.

—¿Y porqué pensabas que podías cambiar algo?

—La gente debería de ser capaz de hacerlo.

—Estás ilusionado, te advierto, estás mal. No estás con nosotros.

—“Nosotros” suena a multitud. Ustedes pueden ser sólo tres.

Tshuan hizo una pausa mientras tomó un sorbo a su bebida.

—Pero así es esto. No hay nada que te diga que las cosas están mejor en todo el mundo. Así deben de ser las cosas. El estado nos busca trabajo, el estado nos brinda las oportunidades. El estado es el que busca el bienestar. Es su deber, Wang, te lo digo.

—No significa que sea lo mejor, Tshuan.

—Y nadie lo afirma y nadie se pelearía contigo afirmando eso. Pero yo sé que las cosas están cambiando.

—¿Gracias a quién?

—Hay inercias. Hay movimientos...

—Aquí ya no hay movimientos. No puede haberlos.

—Eso es lo que tú crees, Wang. No siempre se puede permanecer así. Hasta las montañas cambian. Eso lo he leído. No me digas que eres ignorante y que tú tampoco lo has leído...

—No siempre fui campesino ignorante. Sé lo de las montañas...

—Eso te debe dar fe.

—La tengo. Créeme que la tengo.

Tshuan miró a la gente ir y venir.

—Míralos. Están contentos. ¿O crees que todavía tienen furia interior suficiente para que deseen cambiarlo todo? Ya no hay marchas, ni huelgas de hambre, ni protestas, nada de estatuas blancas, débiles, que se destruyen con facilidad...

Wang trató de concentrarse en las caras. No encontró señales de rebelión. “¿La rebelión tiene rostro?”, se preguntó.

—No, no lo creo, la verdad.

—Te lo digo yo, Wang. Mis padres me lo contaron. Y sus padres se lo contaron a ellos. Los cambios en China fueron duros. Hubo emperadores, lo recuerdas. Tiempos de gente primitiva. Aún así eso de la grandeza de la China antigua no lo creo mucho. Son cosas que yo ya no me trago. A donde veas hay campesinos, gente ignorante. Donde hay ignorancia hay muerte. Los viejos monumentos son sólo eso, viejos. Piedras sobre piedras sobre piedras sin sentido. La grandeza deja huellas, no edificios viejos, ruinas pobladas por desperdicios de murciélagos...

Escupió.

—Ha habido avances, Tshuan, no puedes negarlo.

—Sí, nunca lo negaría, la gente no se muere de hambre a tu vista, se mueren en las provincias interiores. Hay grandes proyectos ahora. Tenemos fuerza como para darle miedo al mundo. Por ejemplo, inundarán gran parte del Reino Medio allá en el interior. Allá está la gloria.

—¿Y eso qué? ¿Comemos mejor? ¿Nos vestimos mejor? Yo quiero tener un automóvil —Wang sonrió pese a su preocupación de que los pudieran escuchar—.

— ¿Crees que los demás no tienen deseos de progresar? Pero eso debe tener pausas, debe tener etapas y sobre todo, tú bien lo sabes, paciencia. No todo se consigue de la noche a la mañana. No te dejes convencer, Wang, tienes remedio.

—¿Paciencia eterna? ¿La gracia de esto es saber esperar? ¿Eso es lo que me quieres decir, Tshuan? ¿Qué es sólo cuestión de tiempo?

—Tal vez.

Los amigos guardaron silencio. Tshuan, el hombre de canas, fatigado, pensó en su familia, en los deseos de su hija de querer estudiar algo que no instruían más que en las universidades más importantes de las capitales de las provincias, o en Shanghai o en Beijing, en las que sólo los muy inteligentes o con muy buenas conexiones, guanxi, en el Partido pueden acceder. Y si su hija no lo conseguía se iba a amargar más y lo iba a hostigar de manera tremenda, como lo había estado haciendo desde la muerte de su madre. Hostigar a su padre por haber nacido mujer.

—No hay soluciones, ¿verdad?

Suspiró. Wang lo miró, ahora creyendo que debería de animar a su amigo.

—Sí las hay, estoy seguro de ello. Debe haberlas.

—O eso, o paciencia, como ya dije.

—Tal vez ya tuvimos demasiada.

Tshuan Bin miró a los lados con nerviosismo. La gente iba y venía por ese pasillo sin querer mirar a nadie. Casi daba la noche después de un crepúsculo lleno de esa ambigüedad y ambivalencia que tiene el diurno de vespertino a nocturno.

—Olvidas muchas cosas. Nos pueden reeducar cuando quieran, a través del trabajo, a muchos los han aprisionado sin juicio. O nos pueden reformar. O retener, o que nos vigilen en la casa, como ya lo hacen con muchos. Todo lo pueden hacer cuando quieran. Eso, no sé tú, me llena de miedo, y esa es la verdad. Soy humano y tengo mis límites.

Wang ya tenía la respuesta a punto de boca cuando en eso vieron los dos con cierta sorpresa que un papel les había sido dejado en el mostrador. Una sombra rauda se retiraba con prisa.

Decía con caracteres claros, negros, mano llena de firmeza: “¡Reunión hoy en la noche!”

—¡Espera!

Wang miró el rostro de la chica por la pequeña unidad de tiempo en la que pudo posarse en su mente. Su corazón dio un vuelco. Le recordó a alguien que tenía ya algo de tiempo de no ver. Y que tenía la seguridad de una firme sensación de que jamás volvería a saber de ella. Hasta ahora.

La chica que lo había entregado se había integrado en la multitud.

El papel los acusó durante un instante. Venía el nombre del grupo: “Xia Zhongyi” y venía una hora.

Sólo podría significar una sola cosa. El grupo había decidido reunirse una vez más.

No tenía objeto. No iría. Sería una soberana estupidez.

Ambos, Wang y Tshuan se miraron. Pero Tshuan bajó la vista.

Enrique recordó que al menos uno no lo podía creer. El otro volvió a lo que sucedía, fingiendo, indiferente su mirada, ni siquiera le dedicó un solo pensamiento al verdadero problema que sucedía en la sala acondicionada. Su piso y techo falsos, racks de comunicaciones por todos lados, rampantes unidades de disco de 500 megabytes, puntillosas unidades de cinta, siempre engañosamente titubeantes, impresoras de cadena, rugientes, poderosas, precisas. El olor acre, desprovisto artificialmente de toda humedad, llegaba a picar la nariz en ese ambiente de los eternos doce grados centígrados, ni uno más, ni uno menos.

No valía la pena. El empleado de intendencia al fondo siguió en su limpieza.

Process ID: 27, Process Name: IMDB, Memory Amount: 4188 Kb.

Enrique ya llevaba dedicado un buen tiempo a mirar las estadísticas en pantalla.

“Maldito proceso, comienza a tragar memoria como loco”. Eran 8192 KB posibles máximos de memoria. Debía ser suficiente para toda la empresa, y normalmente lo eran. Había quince procesos trabajando como locos, consumiendo sus valiosos recursos, probablemente trabajando en conjunto con la base de datos.

De una mirada se podía adivinar por sus prefijos, “RP”, que los identificadores pertenecían todos a la división Regio Plásticos. Además había catorce procesos más en cola esperando por recursos de memoria. Esta no iba a alcanzar para todos. El sistema se iba a “colgar” una vez más, era cuestión de minutos. La parálisis total del sistema.

—Enrique, ¿es el kernel el que te está dando problemas otra vez?

Panchito Menéndez le miró desde arriba desde su paradójica corta estatura. Como siempre tenía un cigarro entre los dedos desafiando su propia iniciativa como gerente de sistemas de Regio Corporativo, puesta en un gran cartelón en la pared frente a él, que decía: “Estrictamente Prohibido Fumar”.

—Sí, Panchito, es lo que te comenté de los parámetros de la configuración...

— ¿Y ya preguntaste con los güeyes estos de Control Data?

Enrique contestó con rapidez, en la idea fija en él de siempre querer impresionar a su gerente a cargo, dos escalafones hacia arriba, pasando a su propio jefe, Raúl Ponce.

—Me dijeron que lo estaban verificando, me sugirieron en su memo de respuesta que le moviera a los recursos asignados de paginación... Algo así como sugerencia de realiza una prueba y checa el error...

Panchito le miró con paciencia que Enrique imaginó que era simulada:

—Espero que sea suficiente, la gente de Alejandro nos está presionando...

—Sí, la tengo presente...

Process ID: 27, Process Name: IMDB, Memory Amount: 4623 Kb.

Diecisiete procesos en cola. Podían llegar más, pensó Enrique.

—¿Ya se está “arranando”? ¿Tan temprano?

—Sí, tendré... tendremos que matarlo... Espero que hayan salvado las transacciones de hoy...

—Es temprano... espero que no le hayan metido mucho... ¿qué día es hoy?

—Lunes, seis de noviembre...

Process ID: 27, Process Name: IMDB, Memory Amount: 4790 Kb

Veintiún procesos en fila, uno tras otro.

Mal día. No por lo de la mala suerte sino por lo de recién pasado fin de quincena y los capturistas habían de estar llenos de órdenes de trabajo.

—Pero son casi las diez...

—Mejor así... mejor ahora y no después...

Process ID: 27, Process Name: IMDB, Memory Amount: 4951 Kb

Veintitrés procesos en cola.

Enrique dijo:

— ¿No sería mejor avisarles? Los de Plásticos son muy quejumbrosos... ya sabes...

No quiso agregar que no era del todo correcto estropear el trabajo de más de dos horas a más de treinta personas de manera tan arbitraria, sin avisarles siquiera. Sesenta horas-hombre de trabajo al fin y al cabo eran muchas horas. Aunque te cayera mal esa gente. “Neciarios” que eran y todo.

—Como quiera no hacen caso...

Enrique suspiró por dentro. Panchito era muy radical en sus decisiones. Pero era el jefe y era reconocido plenamente como tal. La autoridad era la autoridad.

Panchito tomó el control de la terminal maestra y tecleó lentamente los comandos más temidos en la computadora CDC 930: “K” de “Kill”, “P” de “Process”, “27” correspondiente al número de identificación del proceso jerárquico madre de IMDB, el mismo kernel de la base de datos.

IMDB o Integrated Management Data Base, Sistema Autónomo de Base de Datos Relacional, producida por la compañía Batelle, Inc., proveniente de Battle Creek, Michigan, USA, en contrato proveedor-cliente con Control Data Corporation, 1988.

Al presionar Panchito la tecla de “SEND”, el proceso identificado con el número “27” desapareció de inmediato.

En el mismo instante entraron en memoria ocho procesos. Pero desaparecieron diecisiete restantes. No quedó ninguno que trajera el temible prefijo “RP”.

Los teléfonos empezaron a sonar.

Enrique miró al primero de ellos. Parecían sonar furiosos.

—Ahí te encargo, Enrique. Resuélvelo.

Panchito se levantó y ni le miró.

Enrique pensó esa vez, y de hecho, una vez más, en lo mal que iba a quedar con todos los usuarios. No era justo que él cargase con la culpa. Pero, ¿cómo iba a culpar a Panchito? ¿Quién se lo creería? ¿Cómo sonaría? El novato era él, después de todo, el que normalmente se equivoca. ¿Cuánto tiempo tenía de estar ahí con posibilidades de utilizar la misma consola principal de todo el sistema? Un sistema que tenía usuarios de Plásticos por toda la república. Era como para estar desalentado. Como subir cuesta arriba. Ya les caía mal a algunos de los usuarios por cosas así, de las que no era responsable directo.

“Resuélvelo”

Eso fue en la mañana y Enrique todavía lo rumiaba.

Los necios siempre dicen cosas necias.

—Necios son los que esperan que surjan los milagros de la nada...

Los dos, el viejo y el joven, se miraron como pistoleros retadores en duelo. Cada uno de ellos tenía algo que decir, un arma llena con municiones, listas para disparar. No eran armas nuevas y finalmente de ponernos a pensar todos hemos de haber usado algunas, o estaremos por usarlas en el próximo futuro, que ya nos llegará a todos.

—¡Ahí están los signos en las calles! Me dijeron mis amigos que tal vez ya esté por caer... Ha habido muchas presiones, las has visto, de seguro ni tú la has podido ignorar... El Nuevo Forum, las protestas de aquí mismo, lo de Leipzig...

—¿Pero cómo se te puede ocurrir que van a abrirnos la frontera? Eso es totalmente ridículo... como si fuera sencillo devolver el reloj cuarenta años... para ustedes puede ser fácil, pero para nosotros...

El joven, Rudi, consideró que era ya su tiempo para desenfundar. Disparó:

—¡Entre los húngaros y los austriacos lo están haciendo! Un buen favor de amigos para amigos... Le llaman la Gran Jornada a Occidente... No sé como los húngaros lo están llevando a cabo pero están desafiando a todo lo que es soviético... con Pacto de Varsovia y todo...

—Eso es más fácil... sólo es romper alambradas... ya sabes, los periódicos dicen que sólo son ratas que comercian vidas humanas por piezas de platas... aquí hablas de otra cosa... Están todos los vopos... órdenes de tirar a matar... con ellos no se juega... están entrenados a no sentir nada... sólo le son fieles al Partido y a la bandera... bueno, eso dicen los bastardos...

El viejo guardó silencio antes de continuar:

—Son unos tontos... Yo jamás te dejaría salir, ya te dije: estás muy chico... no sabes de muchas cosas...

—Lo haré si quiero, no me lo podría perder... es una oportunidad única...

—No puedes hacerlo, si te pasas del límite los vopos al verte te dispararán, ya te dije...

—Lo dudo, muchos ya están de nuestra parte... me lo dijeron en la escuela... que los demás tienen miedo, que están muy confundidos... Lo he visto en sus caras...

—Ellos sólo están de su parte y de la STASI... Y ya te dije: ¡No les veas las caras! ¡Nada de mirarles el rostro! Son animales, son... cerdos...

Rudi miró a su tío. Últimamente sentía que no podía comprenderlo... Ya eran demasiados años sin sus padres... ¿qué pensarían ellos? “Es claro que también tiene miedo, los mayores lo tienen siempre”, concluyó.

Dejó el lugar sin mirar atrás. No supo si su tío le dijo algo más. Comprendió que le era insoportable estar con él en ese momento.

Iría a mirar las luces de la ciudad en un punto cerca relativamente de lo que se solía llamar Checkpoint Charlie, el viejo cuartito o estación que resguardaba las puertas de Europa Occidental de Europa Oriental, o al revés, de una vida decadente a una vida con... “vida”. Pero Rudi no comprendía con exactitud cuál era cual. Los tontos son los que crecen y se meten con todo eso. Ya habría tiempo.

Caminó por uno de los callejones que conducían a uno de los mejores puntos de la ciudad desde donde se podía mirar las luces de la ciudad de Berlín. De ambas Berlínes. Berlín Occidental. Berlín Oriental. La luz y la oscuridad. Era estúpido por donde se viera. Las cosas no debían ser así de tajantes. Tan contrarias.

Se quedó mirando por un largo rato primero a las estrellas y después a las luces de la gran ciudad. En su mente rondaba la idea de no querer reconocer cual era la “gran ciudad”. “Hay maravillas en esto”, pensó Rudi sin saber exactamente que quería decir. A veces se sentía asaltado por cosas así...

—Las luces debían parecer reflejos de un lado a otro, ¿no?

Rudi se sobresaltó...

Era un soldado. Un vopo. Volkpolizei, policía del pueblo. Muchos sonreían con ironía al explicarlo.

—¿Qué haces aquí?

Rudi se sintió nervioso. De inmediato su mano fue hacia su cartera.

—Estoy…

El soldado le hizo seña de que no se molestara. Parecía sentirse un poco cohibido, más que el mismo Rudi.

—¿Cómo te llamas?

En automático Rudi respondió:

—Rudi Toerner…

El soldado miró el disparejo paisaje de luces delante de ellos. El vopo parecía tener más de treinta años.

—Rudi… ¿Esperas a tu novia?

—No, no… sólo me gusta venir por aquí… caminar… ese tipo de cosas…

—Muy bien… Es un bonito lugar este… no hay muchos, claro… aquí hay paz… o al menos había paz…

Rudi se miró las manos antes de animarse a verlo a la cara. Sentía mucho frío en ese instante. Nunca supo cuanto era aconsejable mirar a alguien armado. Sabía lo que todos sabían de los vopos. No los mires a los ojos. No te busques problemas. Nunca es conveniente buscarse problemas.

El vopo miraba por todos lados. Parecía estar acostumbrado a ello.

—Hoy la noche está inquieta. Se pondrá peor. No sabemos que pueda pasar…

Miró a Rudi:

—¿Estás lejos de tu casa?

—A-algo…

—Pues vuelve hacia allá… Hoy hay mucha gente nerviosa… Algo pasará… Nos lo están diciendo, que estemos preparados... para lo que fuera...

Rudi no hizo el menor intento de quedarse. Asintió con la cabeza y empezó con ansiedad a andar el camino de regreso.

—¡Espera!

El vopo tronó con toda la seguridad del estruendo que una voz acostumbrada a la obediencia podía hacer a una alta hora de la noche.

La voz congeló la espalda de Rudi. El sudor frío realmente estremeció su piel dejando un surco de vellos erizados a su paso. La autoridad era la autoridad más cuando el que la impone es un policía del pueblo armado, enfrente de una frontera prohibida, atento a cualquier intención.

—Dígame… —dijo Rudi conteniendo los deseos de levantar las manos y de gritar que no estaba armado.

—¿Tienes un cigarro?

Una agitación cruzó la frente de Rudi, deseando con fervor haber traído su cajetilla, pero recordó con terror que se le habían acabado hacía un buen rato. Hubiera deseado decir que sí. Miró el arma. ¿Sería un AK-47? Eso le decían que los vopos usaban de rifle automático, pero este no le parecía así. Tuvo un escalofrío de cualquier manera.

—No… se me acabaron…

—Maldición…

El vopo le dio la espalda. Rudi caminó con apuro y nunca supo de dónde sacó fuerzas para no correr hacia las casas, hacia los edificios.

En el trayecto pasó por el punto preciso donde le contaron que le dispararon a un Chris Groffcoy, el seis de febrero pasado, no hacía más de nueve meses. Tal vez el que le disparó fue el vopo con el que acababa de hablar. Por la espalda, dicen. No hay otra manera, se recordó. A los que huyen se les tiene que disparar por la espalda.

Groffcoy tenía sólo veinte años de edad.

Todavía nervioso. Su estómago protestó. Quiso que no fueran nauseas o algo así. Sintió que sólo era hambre. Fue a comer algo a una fonda cerca de dónde quedó de verse con sus amigos. Le sirvieron un emparedado, para lo único que traía dinero, en su mesa de sólo dos personas.

Y escuchó una conversación.

—A veces te sientes como si fueras parte de un proceso colectivo. Sin tu propia voluntad expresa. Y no es que no estemos acostumbrados...

—¿Cómo así?

—Mira a la gente... están embrutecidos...

El otro recorrió con la vista a su alrededor. Dijo:

—Es sólo un entusiasmo normal... Nada más...

Eran de edad madura aunque para Rudi cualquiera de más de cinco años más que él ya se era maduro.

—Tú bien sabes que puede pasar... Alguien que cometa un error, un disparo, lo que sea, sería la muerte para muchos...

—Te entiendo... Estoy en la esperanza de que no suceda nada...

—Sería terrible para todos, para los que estamos aquí, para los parientes de los muertos... para todos... ¿Quién sabe que pueda pasar?

Por las ventanas veían caminar a muchísimas personas, inusual tráfico para esa hora.

—Date cuenta, no saben lo que les pasará...

Rudi también miró. Había rostros contentos, de cierta manera con el desafío marcado en sus ojos. Había esperanza, pero no en todos. Se sintió impelido a levantarse. Pero dudaba de hacerlo. La cara de su tío la tenía en su mente. Le decía de cientos de formas: “No hagas nada de lo que puedas arrepentirte”.

Los señores de al lado sólo fruncían el ceño.

—¿Para qué forzar las cosas? Tarde que temprano todos nos acostumbramos. ¿Cuál es la novedad de esta vez? No hay que invocar el fantasma de Stalin, ¿quién puede confiar en —susurró—, un ruso aunque digan que es suave... ese de allá, el de la mancha...

Hizo un gesto de tocarse un lado de la frente.

—Lo que pasa es que nadie se acuerda de hace cuarenta años... No saben lo que es tener rusos armados por todas partes y que se te haya acabado la esperanza... Los americanos y todos esos no hicieron nada para ayudarnos... Lo del puente aéreo sólo fue una farsa...

—Lo sé... sólo ayudaron a los de su lado... ¿los demás? Que nos fuéramos al diablo... nos dijeron nazis por mucho tiempo... lo oíste, nos decían burlándose que no sólo no éramos Ein Volk der Dichter und Denker, “un pueblo de poetas y pensadores”, por cambiarle una letra ellos dicen que siempre fuimos más: Ein Volk der Richter und Henker, “un pueblo de jueces y ejecutores”…

La voz del segundo anciano sonaba llena de amargura.

—Todos son iguales... los nazis, los rusos, los ingleses, los americanos... sólo que te aplastan de manera distinta, unos con sus botas, otros con su decencia aparente, pero a fin de cuentas todos son iguales...

—Lo que sucede es que lo que trata de hacer la asociación esa, llena de agitadores, la del Nuevo Fórum...

Se escuchó una sirena de ambulancia. Rudi ya no quiso escuchar más. Se levantó y pagó la cuenta. Tenía que estar con sus amigos, si los encontraba. Habían quedado de verse en una de las plazas no muy cerca de ahí. En ese rato planearían que hacer.

Grupos de personas salían formando tumultos instantáneos.

—Mírelos —dijo una voz.

Era la de una joven al lado de él, que no se había permitido registrarla. De pelo largo, un poco excedida de peso. Algo todavía de buen ver.

—Se respira algo diferente allá afuera.

—Sí, algo pasa...

¿Qué más podría decir? Estaba con una ansiedad indefinida.

Más demostraciones y nadie sabía a dónde iría tanta protesta. “¿Seríamos todos tan ingenuos como para pensar que lograremos algo?” se preguntó Rudi.

Ya lo habían dicho, cualquier cosa podría pasar. Las protestas se sentían con energía en muchos lados. Parecía que no tendrían fin. Deseaba con todo su corazón que pasara algo pero no sabía qué. Tal vez era su generación a la que le tocaran los cambios. Miró las ventanas, estaban con humedad por dentro. Se estaba conversando demasiado.

Estaban en una reunión oscura. Las ventanas cubiertas. Nadie había dicho su nombre. Nadie querría decirlo. Nadie se atrevería incluso a decirlo.

Pero todos creían saber quién era cada quién aún y que ya todos habían olvidado incluso sus nombres falsos o sus nombres clave. Wang se había forzado a olvidarlos. No quería saber ya nada de nada. Nunca. Había habido demasiado dolor. De hecho él siempre pensó que su presencia ahí no era necesaria. Wang se imaginaba superficial. Siempre lo consideró así, no por ser él un posible mal elemento sino porque consideraba que había algo de inutilidad en todo esto. Tal vez era mucha impotencia. Ya incluso había pensado alejarse de todo ello de una vez por todas.

Sólo esta vez. Sólo esta vez, se prometió.

Escuchó una voz.

—¿Qué hacemos aquí?

Del otro lado le contestaron:

—Veníamos sólo a tomar una taza de té...

Alguien rió.

Se encendió una vela de buen tamaño, pero aún así el lugar seguía la mayoría en tinieblas. No se podían apreciar los rostros de nadie.

—¿Quiénes son los demás?

Se hizo un silencio. Afuera se escuchó un chirrido de frenos que mantuvo en vilo las mentes y las imaginaciones de los presentes. Nada sucedió y sólo uno respondió, si acaso en forma tardía:

—Nadie en particular...

—¿Entonces qué venimos a hacer aquí?

—Tal vez sólo queremos recordar...

—¿Recordar? ¿Recordar qué?

—Lo que pasó, lo que acaba de pasar...

—¡Fue hace meses! Otra vez esa estupidez... No formaré parte de ustedes... no sabía que era esto... fui engañado...

Él que habló se levantó con cierta violencia manifiesta. Tal vez era demasiado manifiesta. Como si quisiera que todo mundo confirmara que fue engañado. Nadie estuvo seguro de poder mirarlo a los ojos. Nadie quiso asegurarse de quien podía ser.

Sólo alguien alcanzó a decirle:

—¿Seguro? Tú estuviste allá... te reconozco...

—¿Y qué? También trastornaron mi existencia, como a millones...

Al mismo tiempo se escucharon unos pasos apresurados por una escalera y un portazo. Sólo eso.

—¿Qué fue aquello?

La voz fue suave.

“Tal vez querían resolver”, pensó Wang, “las mismas dudas”.

—Fue gritarle a ellos que nos aplastan... los días de la confusión... la confusión...

—El caos... más bien...

Parecía estar entrando en un trance, como si la realidad se estuviera retirando en medio de las personas que estaban reunidas en la noche. La poca luz de la vela no permitía más que se vieran vagos rasgos de sus rostros.

—No quiero saber nada... eso ya quedó atrás... —dijo una voz a lado de Wang.

—No hay mal que dure cien años... Un día ganaremos... —dijo alguien más, casi delante de él.

—Es estar frente a mil años de piedras, polvo y costumbres...

—Y al final, ¿qué es lo que ganaremos, si ya todos estaremos muertos?

“Son tonterías”, dijo Wang, “el tiempo pasa y sólo dirán tonterías”.

Él no sólo quería saber que había pasado con la chica, había cosas importantes que conocer, que desentrañar, que aclarar en su mente. Pero desde hacía seis meses que no sabía nada de ella, la había perdido en la multitud... Pero ignoraba si era ella la que dejó el papel. Y pensándolo bien, no era ella. No tenía nada que ver con ella.

Lo que a su pesar aceptaba era que deseaba que sí hubiera sido ella.

La vida no tiene porqué complacerte.

—Yo sólo quiero saber... —dijo Wang.

—Hay quien piensa que todo es culpa de los occidentales...

—¿Cómo?

Wang se sintió atemorizado de hablar en vano. Tal vez no debería de decir o aceptar nada. Tal vez no era el lugar apropiado. Se arrepintió.

—Ellos dieron un falso valor a todos los que protestaban... —dijo la voz—. Todos ellos no llegaron a ser más que tigres de papel... Ni sus cámaras ni sus satélites ni su dinero hicieron nada para salvarnos... o para salvarlos… a ellos...

El de más edad enfrente de él le respondió al que estaba a su lado:

—No debería pero tengo muchas dudas… ¿Qué es lo que ellos pensaban que queríamos? ¿Significa “democracia” para nosotros lo que para ellos?

—Sólo fuimos héroes para los occidentales en sus casas, cómodos y sin ningún riesgo...

—Nadie fuera de Shanghai o de Beijing sabía que estaba pasando adentro... Fuimos muchos... pero no tanto como los que se quedaron fuera...

El intercambio era ya sólo entre ellos dos. Wang estaba muy inquieto, atento a lo que pasaba dentro y al mismo tiempo con lo que le quedaba de su concentración fija en lo que podría suceder afuera en la calle. Una gota de sudor comenzó a formarse en su frente. No quería quitársela con la rapidez que requería. Debía de mantener la dignidad. Pero le costaba tanto...

—Yo estuve desde hace tres años en esto... y desde la muerte, en abril, de Hu Yaobang la furia fue mayor... sentimos que debíamos de salir... luego, al mes, supimos que iba a venir Gorbachov... las cámaras hicieron lo demás...

—Ya nos íbamos a salir... íbamos a dejar la Estatua de la Democracia... como un recuerdo de que ahí estuvimos...... de que la Plaza fue nuestra... Pero algunos persuadieron a la mayoría de que se quedaran...

—Algunos me dijeron después que el ejército no quería entrar a matar civiles desarmados... pero el maldito de Deng hizo tratos con la camarilla menor... ellos fueron los que hicieron que entraran los soldados...

Hubo una pausa discernible. Wang pensó que hablar así era irracional, además de necio. Peligroso, muy peligroso.

—¿Cómo pudimos pensar que íbamos a ganar algo...?

Wang sentía que ya era suficiente. No deseaba estar un solo minuto más, pero la remota y lejana creencia de poder saber dónde estaba la chica lo mantenía pegado a su asiento. Ya se había arriesgado lo suficiente. ¿Podría arriesgarse un poco más?

—No éramos antisocialistas... sólo queríamos trabajar para la gente... sólo para la gente...

—Los temas que importaban eran más bien del tipo económico... nada de abrir temas de libertades civiles o sociales... eso es de arriba...

—Sólo queremos más socialismo, nunca hemos querido elites que ganasen dinero a expensas del pueblo...

—¿Qué importa que queremos o qué quisimos? A nadie le importa eso...

—Zhang Zhenglang... Confié en él… No lo conocía pero confié en él...

—¿Se nos va a negar nuestro “derecho a recordar”?

—En estos tiempos sólo quieren que hagamos ganancias...

Parecían ya dos o tres temas diferentes mezclados en el mismo tejido de la noche sofocante. Como si se discutiera si una moneda pudiese atreverse a tener tres lados o no.

—Yo estuve leyendo dos libros piratas, son de un genio que deja la boca abierta...

Ya eran tres temas diferentes. O Cuatro. Wang sentía la angustia y la ansiedad. Cerró los ojos. Alguien movió una silla. Más pasos y otro portazo. Su corazón dio un vuelco. Lo disimuló como pudo.

—Pero no debes de leerlos... si te atrapan...

—Tú lo has dicho, si te atrapan... pero hay tantos libros y tantos lectores que no podrían hacer nada...

Algo de silencio.

—Ya sabes lo que dicen: “Cerrar la puerta de la casa, no dejar que llegue nadie, y leer libros prohibidos, bimen xieke du jinshu”.

El que hablaba parecía hacerlo con una sonrisa. Wang ya no quería abrir sus ojos. Lo desaprobaba intensamente. ¿Cómo alguien se atrevía a hablar de ello y burlarse de manera tan grosera?

Otra silla que se movía. La misma voz que adoptaba un tono de oración, aburrida y monótona. Una cantinela insoportable realizada por una voz de tono pilludo.

—Le llamamos “literatura de cicatriz”... alguien quiere curar el pasado de algún modo... shanghen wenxue

—Un espectro acecha nuestra tierra...

Wang percibió un movimiento brusco que debió haber pasado muy cerca de él. Su pecho oprimido estaba envuelto con una venda gigantesca que apretaba con fuerza y más.

—Nadie puede hablar en contra de Mao...

—Ya lo han hecho... un seguidor de Xiao lo hizo, él atacó la teoría maoísta...

Una voz de atrás se escuchó:

—Y ya no está con nosotros para celebrarlo, ¿verdad?

Se escuchó el sonar de otra puerta. Wang pensó que alguien podría haberlo seguido. ¡Nunca debió de estar ahí! ¿Cómo se pudo convencer?

Ya nadie habló.

Wang no quería abrir los ojos.

Empezó a sentir un gran terror. Una gran impotencia. Sus manos sudaban. La mesa áspera, sucia se había convertido en su refugio.

Su respiración se sentía agitada.

Su pulso era errático. Tenía que ser.

Si lo atrapaba la policía podría decir con tranquilidad que no sabía nada, que no conocía a nadie, que no podría decir nada porque ni abrió los ojos en esa reunión.

Se sintió presa del pánico. No quería delatarse como alguien que había ido a una reunión prohibida. Su pulso se aceleró a un máximo al pensar que lo iban a descubrir. Él no quería hacer nada. Él no debía de estar ahí en primer lugar. Ni siquiera vio a la chica.

Pasaron los segundos. Nadie habló más.

Abrió sus ojos. No podría dar crédito a lo que sus ojos veían.

Pero estaba claro en el pizarrón. La fecha de entrega había sido definida en cinco días. ¡Cinco días! ¡Para este viernes diez de noviembre!

—¿Y quién le puso fecha? —preguntó Enrique en ese momento.

Raúl le miró, impasible:

—Ya te dije... el mismo Don Oscar según esto, trae fecha de compra ya para menos de quince días. El reporte lo quiere Jorge para una semana. Nosotros lo tenemos que entregar para cinco días. Hay que revisarlo ya...

“Nosotros”. “¿Nosotros?”. “Estupideces, no hay nosotros, nunca hay nosotros”, pensó Enrique. Raúl siguió hablando:

—No hay más. Hay que hacerlo... Sí puedes, ¿verdad...?

Raúl lo miró con atención.

Enrique no le contestó. Deseó haber cerrado los ojos con más fuerza.

¿En que momento podría hacerlo? Ya tenía sus trabajos de rutina pendientes.

No podría. No iba a librarla.

—Sí vas a poder, verdad, ¿Enrique?

Enrique sintió la presión. Ya habían quedado: la opción era comprar el sistema financiero verificando que funcionara como lo habían prometido. Querían las pruebas. Sería una gran inversión. Una gran responsabilidad.

No se había comprometido todavía, pero sabía que debía hacerlo. Era su camino hacia un ascenso, tal vez el pasaje hacia obtener el aumento de sueldo tan deseado. Tal vez lo tomarían en cuenta para salirse de Soporte, que ya estaba harto, y entrar de una vez por todas al departamento de Investigación con Felipe Contreras, su gran objetivo.

Le respondió a Raúl que sí.

—Sí. Claro. No hay problema.

Para el jueves ya habían sido cuatro días de pesadilla. Sí fue un trabajal eterno. Tuvo que tomarse un auto crash course del infierno para entender el paquete financiero a toda velocidad, que de tan nuevo, todavía estaba en beta, los sistemas preliminares con errores posibles por descubrir que todavía no se liberan para venta, casi con la tinta fresca de los manuales manchándolo todo a su paso. Tuvo que preparar los scripts, las pruebas, las corridas, los datos dummy, las utilerías, las bibliotecas. Y luego crear la más de una docena de programas en sí, las primeras depuraciones, las primeras aproximaciones sucesivas, la preparación de los reportes. Crear la suite, completa, total, íntegra y detallada.

No iba a poder.

No estaba pudiendo.

Recordó el rostro de Raúl de ese lunes, hacía cuatro días, que no era un mal tipo pero que siempre tenía la habilidad de recordarle que ser jefe era algo importante. Sonreía esa vez:

—Entonces qué dices, Enrique, ¿te lo avientas en cinco días?

Sería imposible. Mejor no ponerse la soga al cuello. Más bien serían cuatro días. Pero era de esas veces que trata de corregir el punto hacía la diferencia de percibir en el empleado “tener una buena actitud” a “tener una actitud polémica y problemática”, lo cual nunca ha sido muy bueno en los ambientes corporativos.

—De acuerdo, te digo, en cinco días.

¿Qué fue lo que le decidió a responder afirmativamente? ¿Acaso habría una pequeña posibilidad de triunfar? ¿Un exceso de sobreconfianza?

—Muy bien —respondió Raúl Ponce, como si nada se dirigió a los demás presentes—, otra cosa, debemos de entregar los reportes semanales a más tardar el lunes a mediodía, ¿de acuerdo?

Encima, eso. Cumplir la rutina.

Todos los que estaban ahí asintieron.

Enrique estaba más tarde en su amplio cubículo verde eso-sí-Herman-Miller-precio-excesivo tratando de hacer el reporte semanal que le correspondía de ese lunes.

—Puras mentiras las que ponemos aquí...

Rosalía Mijares, su compañera de enfrente, le contestó:

—Ay, Enrique, tú siempre te quejas por todo.

—Es que no estoy de acuerdo, m’ija... Hacemos como que hacemos cosas que al final de verdad no hacemos... como quiera no nos alcanza el tiempo... Pero eso sí, nos mandan a sus cursos de círculos de calidad... Nunca quieren ver que nos tardamos mucho en hacer las cosas que ellos piden que nos tardemos menos, como hacer la utilería esa para cargar las librerías... la que dizque depuró Panchito...

—Que fue una tontería que ni había terminado bien, ¿no?

—Pero sólo fue esa... hay gente que afirma que casi nada se le escapa a Panchito... dicen que nació con la CDC 174, la que salió allá en 1977... su primera palabra fue… ¿cuál?

Mijares sonrió. Dijo:

—¡Mamá, que bueno que no te pasó por tu mente la idea de ENTER COMPASS ABORTAR! —Sonrieron por la gracia de usar los originales comandos crípticos del viejo lenguaje ensamblador—. ¿O te imaginas que se dirigiera a sus padres como: BIBA, LOD, mamá, LECHE004, “Cárgame la cinta de biblioteca con mi biberón de leche número cuatro”?

Ambos rieron.

Pero eso fue ya hacía algunos días, el lunes. Y ya era el jueves.

—Buenas noches...

Era el conserje del turno de noche, no tardaría en pasar el policía a revisión. Eran las diez. Enrique tenía hambre. Debía de pedir ya la pizza, si no, no iba alcanzar. Ya todos se habían ido, incluso Ángeles, que siempre lo importunaba de noche con inútiles preguntas filosóficas con sus ojos saltones y bellos además de su gran chongo de siempre.

Mijares ya se había ido hacía un buen rato. A Enrique le gustaba su soledad nocturna, pero aceptaba que le era cansado y hasta cierto punto aburrido, sobre todo porque no estaba consiguiendo absolutamente nada.

Miró el altero de papeles que tenía en su escritorio. Eran tablas, definiciones, relaciones de esas tablas, ese tipo de cosas que formaban el bulto de su profesión.

Hacía un buen rato que se había quitado la corbata para estar más a gusto. Volvió a enfrentarse a la pantalla una vez más. Un dolor sordo le entumecía su brazo derecho.

La pantalla entregó un resultado: EMPTY FILE. Archivo vacío. La peor respuesta posible.

Tenía que pensar en que era lo que seguía trabajando mal. Si había cometido algún error al principio: en la definición de los datos, en la misma alimentación de los registros, en el tamaño de los archivos, en el orden completo al ejecutar la suite.

El orden sí importaba. No era lo mismo: uno, alimentar; dos, registrar cambios; tres, extraer la información deseada que sería la prueba en sí; y cuatro, borrar el contenido para permitir repetir todo el ciclo. Siguiendo lo mismo, en el paso dos había una secuencia similar que de no hacerse en el orden correcto lo estropearía todo.

¿Estaría haciendo algo incorrecto en alguno de los pasos? Sólo lo podría demostrar rastreándolo poco a poco. Tendría que imprimir el listado del programa, el listado de los datos resultantes, el contenido de los archivos, antes y después, verificar los tiempos salientes. Compararlo con los tiempos esperados.

La misma expectativa de que las rutinas funcionasen a la primera o segunda o mínimo a la tercera se había desvanecido con rapidez tiempo atrás.

Ya había dejado de mirar el calendario. Ahora sólo miraba el reloj. La medianoche se acercaba con celeridad. Y la suite no funcionaba como debía. Le faltaban manuales a profundidad, la ayuda del paquete no funcionaba. Confirmó que les habían dado un paquete en edición beta todavía: el que no garantizaba su funcionamiento del todo.

Enrique estaba seguro que esa era la causa de que no le funcionaba bien del todo. Le faltaba ser probado en muchas circunstancias, por decir, con aritmética de punto flotante entre otras. O para manejar la fecha a la hora de procesarla en forma de dato de la manera en que la empresa la manejaba originalmente.

No era sencillo de explicar, o de entender. Enrique sólo sabía que había algo ahí dentro que no lograba realizar la suite en la armonía que se esperaba que se presumía desde la presentación de mercado que ellos habían visto.

La recordaba todavía muy bien.

Decía la voz del proveedor:

—Nosotros estamos enfocados en productividad. En que cada usuario de nuestro paquete PowerFin pueda utilizar todas las herramientas a su disposición para poder explotar su información con el mínimo de entrenamiento y el máximo de resultados.

Enrique lo había mirado con su suspicacia habitual. Se lo comentó a la misma Mijares en voz baja:

—Eso lo dicen todos.

—Sí, pero mejor cállate, no te vayan a oír.

—Como quiera nunca escuchan.

Ambos sonrieron, como siempre.

Miró el manual una vez más y una vez más se le hizo insuficiente. Lo curioso era que él jamás pensó que le tocaría ponerlo a prueba. Más bien se imaginó que iba a ponerlo en práctica alguno de los vendedores. Así sí sería pan comido. Siempre había que trabajar con apoyo de los proveedores.

Pero en secuencia, Jorge, Panchito, Raúl, lo pusieron con los pies en la tierra.

Eran ellos los que lo tenían que llevar a cabo.

No tanto “ellos” en bulto, los tres mosqueteros o cuatro o cien, eran lo mismo, sumaban sólo uno. Él mismo, Enrique. Él sólo. Nadie más. Mijares cuando supo el compromiso del viernes, lo miró en ese momento y Enrique pudo jurar que lo hizo con lástima. Pero jamás le preguntaría.

El mismo resultado una vez más. Tercera prueba de la noche al hilo. ¿Cuántas más podría hacer? ¿Otras tres a lo mucho?

En una buena noche ya andaría por la tercera. Sólo tres. Después ya no debía de tomar más. Su tío se lo había advertido. Tres son muchas para andar en la calle así, suelto, borracho. Pero sólo se sentiría alegre. Hoy no. No debía de bajar la guardia. El no traer dinero ayudaba, claro.

El tío no tenía razón. Pertenecía a un pasado que ya no existía. A ellos, los amigos de Rudi, les agradaba la música de Occidente, la ropa de allá, las modas de allá. Y no porque fueran buenas, sino porque... eran símbolos. Sus amigos así lo percibían, amigos que por cierto, no habían llegado.

Pero finalmente lo que concluían todos era que eran símbolos de una buena vida. La que ellos siempre pensaron merecer. No era justo trabajar tanto y no obtener nada. No era justo saber que a pocos pasos de distancia habían libertades inimaginables, grandes trabajos y oportunidades, y mucho, mucho dinero para el que quisiera trabajar.

Eso decían, ¿no? Ahora era cuestión de esperar.

¿Cómo evitarlo? Estaba la televisión y la radio. El Muro no era tan poderoso. Tenía sus propios límites. Por más impenetrable que fuera, él sólo no podía detener las ondas invisibles. Claro, que no te atraparan escuchando o viendo, la podrías pasar muy mal.

Pensó en esa pared. Sombría, oscura, amenazadora. Larga, extendiéndose y serpenteando por todas partes. La zona con alambradas de púas, la zona con minas, la zona que era iluminada por las torres de los guardias. Cicatriz. Herida. Pared. Protección. Seguridad. La vida misma. Lo que todos ya habían dicho de él.

Pero para Rudi, como para muchos, era algo más. Era un ente familiar, un ente que era necesario. Era una parte importante de su vida.

Siempre había estado cerca de él. Era como un espacio de protección. Una franja de seguridad después de todo. ¿Franja? ¡Frazada de bebé! Sólo habría que temerle a que ellos pensaran que tenías la idea fija de que querías irte. Que lo desearas solamente y lo expresaras. Y eso no sería correcto. Pero aún así, con tanta confusión afuera ya no sabría que pensar. No tenía a quién irle a preguntar o qué decidir. ¿Quién sabría?

Rudi no estaba contento ahí en su ciudad, tal vez porque era la única que conocía, pero intuía que de poder salir no iba a estar contento tampoco en otra parte. En ocasiones tenía necesidad de salir más allá, pero en otras sencillamente se sentía firme con la idea que en Occidente se hallaría fuera de lugar. Era una idea tranquilizante. Cómo si supiera con claridad que esa gente sabría más cosas de la vida que él y que de alguna extraña o podrida manera jamás podría alcanzarlos y que sólo le darían, de pedirlo, trabajos menores o pesados o ínfimos, como esos que nadie de “sus educados” quisieran que de seguro siempre habría.

Por otra parte, siempre quiso ver, conocer ciudades como Paris, Londres, Roma... aunque fuera la más cercana y hasta cierto punto familiar Viena. Tantos lugares llenos de fantasía que ya conocía tan bien dentro de su propia mente, que cuando supo que algo grave estaba pasando en el ambiente deseó con fuerza que fuera cierto, que el Muro por fin cayese y que las dos Berlínes fueran una sola como siempre lo había sido desde todas las épocas. Eran pensamientos peligrosos, sí. Inmaduros, tal vez. Pero de cierta manera sugerían aire fresco y algo que le pudiera dar claridad a lo que estaba sucediendo. No odiaba más que la confusión y la angustia de no saber que hacer. La desorientación en su vida era aplastante. Seguir su instinto debería ser más sencillo… si es que tuviera un instinto. Tenía idea que todos lo tenían, él también tendría, cuestión de escucharlo. Ya sabría que hacer.

Los ancianos se habían ido. Ahora estaba junto con Annegrit, una amiga que divisó en la barra. Recordó el haber escuchado a los ancianos... cosa que se arrepintió de haber hecho, ya que le estaba causando una depresión suave, pero inminente.

Annegrit era otra cosa, pero parecía insuficiente para sacarlo de eso. Ni que la necesitara mucho. A esas alturas Rudi ya no sabía, tal vez como muchos, que quería.

—Me encontré con un vopo... —dijo.

—Qué emoción... como si no hubiera ahora en la calle. Parecería que hoy les hablaron a todos para que llegaran directamente a vigilar en las calles, pero no buscan ladrones, lo sabes, ¿verdad?

Rudi, asintió. No la consideraba irónica, pero tenía sus ratos.

—Mi tío siempre me ha advertido que no me acerque a ellos...

—Lo que nos han dicho todos los padres y adultos similares... son peligrosos, algunos son caprichosos... son los que disparan a los que se quieren escapar...

—Escapar de nuestro paraíso... ¿no?

—Ya, Rudi, a veces no nos la pasamos tan mal...

—Lo sé, no me quejo, las cosas son como son... lo que pasa es que algún día, como todos, querríamos ver de qué nos estamos perdiendo...

—Que no es mucho, de eso estoy seguro... como quiera nos reímos aquí, como quiera nos amamos aquí, a veces pienso que todo ese asunto de Occidente, sí, es atractivo, pero finalmente encontraremos que no nos lo será tanto...

—Lo que sea... pero es sencillo de entender, ¿no? Te ponen barreras o paredes y las querrás saltar, ver que hay allá, ver si somos iguales, eso... comprobar si somos iguales o... que tan diferentes. Sería como mirarnos en un espejo. Mirar si al levantar la mano izquierda, él que está allá, más allá del cristal, levantará su derecha. O si la imagen de allá, moverá su mano izquierda y comprobará si yo muevo la mano refleja. Saber si reflexionará o caerá en la cuenta de que ella soy yo, o que tanto querré que sea como yo. O hasta cuando seré yo.

—Tonterías... Pero pensándolo bien, dime, ¿sería espejo o espejismo?

—Eso quisiera saber. Supongo que todos lo quisiéramos saber.

—No hay respuestas, Rudi, no hay respuestas.

Ambos hicieron una pausa. Entró una ráfaga de aire frío. Rudi sintió su paso por su cuello, erizándolo.

—Yo me refiero a lo de las diferencias… Que no serán mucho, de ello estoy segura... y para comprobarlo nadie expone la vida... digo, aquí no estamos muriendo, ¿o tú ves niños desnutridos con su estómago a punto de explotar? ¿O que las mujeres de todas las edades se prostituyen para comer pan duro o por drogas? Imagíname yo misma, Rudi, yo prostituyéndome famélica con mi bebé en casa con su estómago hinchado, llorando de hambre, ¿no puedes, verdad?

Hizo una pausa. Rudi la miró con atención.

—Lejos de la realidad… Lejos de nuestra realidad, finalmente… Además, recuerda, es el mismo aire el que respiramos... el de aquí y el de allá...

—Aún así...

—Lo que pasa es que todo esto te emociona, te tiene que entusiasmar, yo misma tengo amigos que se han ido por Austria, Rudi, a través de Hungría... ¿ya supiste lo que les dan? Cien marcos occidentales, sólo eso...

—No está mal, Anne, para empezar, podrían no darles nada... Yo lo que tengo en caso dado, es miedo de lo que dirán allá...

Apuntó hacia el este.

—¿Krenz? ¿Su gobierno? —Miró hacia sus lados como comprobando algo—. Ese es un inútil, sólo obedece...

—De ellos me preocupo, y de los de más allá... Kremlin, Gorbachov, todo eso...

—Más dentro de la política no me meto, Rudi... no conozco mucho... a mí me preocupa que me balaceen en una reunión, en una marcha... a eso sí le tengo miedo, a las balas... o a que molesten a mi familia, o que me marque la STASI... no puedes hablar casi con nadie... ya sabes, alguien que escuche algo que entienda mal y...

Annegrit hizo una discreta señal de pasar su mano por su garganta.

Aún y que Rudi percibía cierta tranquilidad en el ambiente. La tensión se resistía a abandonarlo e instintivamente miró para todos lados con discreción.

—A esas les tenemos miedo todos... todos...

—Lo peor es que alguien hable de lo que hacemos... o pensamos...

—Eso es desde que nacimos. ¿Te imaginas que se venga un cambio grande? ¿Qué se abra el Muro de repente y nos dejen salir?

—Es muy pronto... No sabemos ni como saldremos de todo eso. No sabríamos que hacer con tanta libertad. Además, ¿para dónde iríamos? ¿Qué sabemos hacer? ¿Cómo son las cosas allá? Dicen que hay mucho desempleo... Y otra cosa, ¿cómo nos mirarán? Nos van a humillar, vas a ver, nos van a humillar... seríamos sus parientes pobres... sus alemanes de segunda... Es estúpido, ¿no? Pero estoy seguro de que muchos, si no todos, han de ser presumidos e insoportables...

Ambos rieron con discreción.

Rudi se sentía a gusto con Annegrit. Había mucha compenetración. Era una chica vivaz, curiosa. Ambos eran de la misma edad y a Rudi no le importaría en absoluto que se fueran a la cama. Pero tenía la sospecha que él no le interesaba a ella.

—El otro día escuché que si algún día algo pasa, lo primero será cambiarle el nombre a muchas cosas...

—¿Cómo a qué?

—A las escuelas. Por ejemplo mi hermano Bärbel está en la escuela Felix Dzerzhinzky... Sabes cuál es, ¿no? La que está en Erkner...

—¿Y?

—Ya sabes, es el nombre del tipo que fundó la KGB...

—Sí, pero eso está muy lejos de nosotros...

—No estoy segura... lo que sí es que habría que cambiarle el nombre, ¿no? Sería lo más apropiado...

—¿Qué sabes tú de eso, Annegrit? ¿Qué sabemos todos? ¡Mira alrededor, o si quieres ve a esa escuela de tu hermano y observa, o más bien, ponte a contar los cuadros de Marx y de Engels que cuelgan de todas las salas...! Nadie podría cambiar todo eso...

—El pasado a veces termina, Rudi, a veces sólo está en nuestras mentes... y en la de nuestros padres...

—Si lo dices por mi tío, ya sabes cómo son los viejos...

—Por eso mismo te lo digo... él ya está viejo... estos tiempos son nuestros... me imagino que ha de tener miedo...

—Sí, miedo de que me vaya y lo abandone... por eso mismo que dices...

Por un momento Rudi recordó como el mismo y todos saludaban a principio de la primera clase:

—¡Atención! ¡Señora Dudelitz, la clase diez está lista para la lección de inglés!

Todos los estudiantes responden con el saludo oficial de la organización comunista juvenil:

—¡Amistad!

Rudi suspiró. Después de que llegue una revolución lo que a todos importará es si comeremos o si podremos dormir. O si estaremos o no. Nada más puede importar.

—Hay que mirar al futuro, Rudi. Por ejemplo, ¿seguirá habiendo el dogma? A la señora Honecker le encantan las actividades cívicas y nos atiborran de todo conocimiento comunista. Tal cual debe, supongo. Pero todavía no sé con qué fin...

—Sí, Anne, hay muchas cosas en nuestras vidas que se podrían transformar, pero si las cosas pasan como parece que pasarán, ¿qué nos sucederá a ti y a mí y a todos?

—Todo va a cambiar, Rudi… Todo…

—A veces no quiero que cambie. Los cambios no son todos tan buenos. No quisiera llegar a extrañar todo esto…

Porque algo había cambiado.

El mismo salón en el que estuvo con una pequeña cantidad de gente extraña, estaba casi sólo. Casi todos habían salido, suponía Wang, presa del pánico. ¿Cómo se salieron los demás tan pronto?, se preguntaba con fuerza. En su confusión no acertó salirse de golpe pero por algo se enteró que sus compañeros de reunión ya sabían ejercer cada quién su acto de escape.

Con él sólo quedaron dos hombres que en definitiva Wang no los había visto de entrada. Parecían amenazadores. Se sintió sólo, desamparado y hasta defraudado consigo mismo.

Uno de los dos, que estaba de pie, más cerca de la escalera, se retiró por ella.

Sólo quedó Wang y un tipo que aparentaba tener autoridad. Lo miraba con curiosidad.

—¿Quién eres tú? No te he visto mucho por aquí…

El terror se apoderó de su mente. El estar aquí lo culpaba. Lo ponía en evidencia.

—¿Mi nombre? ¿Quieres que te de mi nombre? No puedo… quiero decir… ¿quien eres tú para pedirme mi nombre...?

Sus palabras salieron en procesión, de manera automática.

—Sólo di cómo te llamas… ¿Es mucho pedir? ¿Estás por encima de todos para no decirlo?

Wang no pudo encontrar objeciones frente a eso.

—De acuerdo, mi nombre es Wang.

Pareció relajar un poco la tensión. Pero no mucho, la verdad.

Era alto, con lentes. Como de cincuenta años. Ojos profundos. Con arrugas profundas prematuras y con ojeras.

—¿A qué le temes, Wang? ¿A qué te hayan visto acompañando a las personas éstas? ¿Crees que son agitadores? ¿Crees que son reaccionarios? Te vi muy contento de venir...

El interrogador parecía en control total de la situación. Algo intuía tal vez que había mordido en su presa.

Wang guardó silencio. Se concentró en respirar profundamente. Esto no podía estar pasando, se repitió. Además, como si fuera una esperanzadora luz de final de túnel a la distancia, se recordó que no había hecho nada malo. Él a lo mucho no tenía permiso para vivir en Beijing, pero eso no era un delito, muchísimos lo hacían.

—¿Acaso eras tú el solitario que detuvo a la columna de tanques?

La voz sonó como si las palabras fueran latigazos dirigidos a su cara. Así le dolieron. De ese tamaño era la violencia implícita en su tono. Había ferocidad en el rostro de su interlocutor.

El hombre en las calles. El hombre de las bolsas de papel en cada mano. Imposible, aunque Wang no admitiría jamás que envidiaba y admiraba al hombre ese que armado sólo con unas bolsas de papel detuvo el paso no nada más a un tanque de guerra, sino a cuatro de ellos, más grandes que un camión. Se dice que el hombre les gritaba, en un reclamo, que ya habían hecho mucho daño. Que se fueran. Nadie supo con claridad quién había sido ese hombre, si fue un burócrata del estado o un simple estudiante. Desapareció de inmediato. Muchos supieron la versión del estado, de que era una muestra del amor del ejército por su pueblo. Que por eso ellos no le habían hecho daño. Muchos pensaron que los héroes habían sido los dos. El hombre desarmado, desafiante, tanto como el hombre que comandaba el primer tanque, responsable de la vida del otro, negándose a avanzar.

—¿O eras tú de los que se ponían bandas en la cabeza, en esa estúpida huelga de hambre?

¿Quién era este hombre que le preguntaba? ¿Por qué a él? ¿O todo era un truco? Si esta persona, con un tono acostumbrado a mandar no era un agente del gobierno, entonces ¿quién era?

—Pasó mucho tiempo. Han sido seis o siete meses desde aquellos días.

—¿Qué recuerdas de abril? ¿De mayo? ¿De junio? Di, Wang, ¿qué recuerdas de esos días? No fueron hace mucho...

Wang sólo podía recordar ese día de abril en que todo Beijing fue espolvoreado por las arenas del Gobi que de tanto en tanto cruzaban los doscientos cuarenta kilómetros que los separaban. Y la chica que iba en su bicicleta probablemente hacia su trabajo, vestida de saco gris, con una especie de pañoleta roja que le cubría su cabeza por entero, sus guantes negros, delicados, firmemente conduciendo el manubrio. La pañoleta roja que le servía de protección en su cara de alguna manera le realzaba su belleza. Wang todavía recordaba la mirada esquiva que le alcanzó a dirigir por un segundo. En su fantasía se imaginó que le había agradado a ella. Pero cuando siguió caminando ese día pensó que sólo era su imaginación. Tenía mucho tiempo de no recordarla.

—No recuerdo nada. No hubo nada de especial esos días. Sólo uno en especial que hubo la tormenta de arena del Gobi, una más de entre muchas. Nada más.

—¿Te empolvaste mucho, Wang?

La voz tenía un tono de burla. De alguien también acostumbrado a humillar.

—¿O eres de los que se ponen a estudiar baile? ¿Tango, tal vez? En el parque Ritan, están perdiendo las mañanas con esas tonterías.

Tai-chi.

—¿Qué?

—Que sólo he practicado Tai-chi al aire libre.

—Menos mal, Wang... menos mal... un tradicional. Nos faltan muchos ciudadanos como tú, Wang...

El interrogador hizo una pausa.

—Dime, Wang, ¿tú lees editoriales de nuestros periódicos? ¿O sólo estás al pendiente de lo que dice la prensa extranjera?

—Sólo nuestros editoriales...

—Creo que mientes, pero no importa... de seguro sabes cuáles son nuestras grandes preocupaciones, ¿verdad?

—Creo que sí...

—Dime cuales...

—¿El exceso de población? Que somos más de mil cien millones de personas...

—Ah, sí, eres enterado... eso habla bien de ti, Wang, ¿qué otras cosas no sabrás...?

Cualquiera lo sabría.

—No sé...

—También tú como muchos sufriste la muerte de Hu Yaobang...

—Sólo lo supe...

—Estarías de acuerdo con él...

—Era un liberal...

—Apuesto a que no sabes lo que eso significa, Wang... ¿lo sabes?

—Que no está de acuerdo con las líneas del Partido...

—¿Y eso es bueno? ¿Eso es correcto?

—Sólo pienso que nosotros estamos en el buen camino, siempre...

—Muy listo e inteligente de tu parte, Wang...

El interrogador hizo otra pausa.

Wang pensaba frenéticamente, ya no tanto en como llegó ahí, sino en como podría salir. Él estaba seguro de que no había hecho nada malo. Sí, estuvo en las manifestaciones, se emocionó con la vista de la Estatua de la Democracia, pero no podía evitarlo. Él pensaba que no era una ofensa al gobierno estar ahí, él quería que las cosas estuvieran bien. Sí, quería democracia, pero para él eso significaba sólo que tomaran más en cuenta al pueblo, él no estaba en contra del gobierno, ni en contra del propio Deng Xiaping, por supuesto, él no era nadie en ese sentido, él era muy leal, como todos.

No tenía idea de que estaba sucediendo. Tenía miedo. Mucho miedo.

—¿Sabes, Wang, que en nuestro hermoso país, sólo tenemos treinta y tres mil abogados? Un juicio, Wang, cualquier juicio, Wang, pueden pasar meses, antes de que empiece cualquier juicio...

Ese sólo pensamiento bastaba para dolerle el corazón. De seguro estaban inventándole algo. Pero, ¿quién? ¿Qué? ¿Por qué?

—No tengo idea de por qué yo pueda ser enjuiciado... No he hecho nada malo...

—Estás muy seguro de ello, Wang... muy seguro de ello... creo que ésta es la época en que nadie podría estarlo tanto, sólo, acepto, que no haya pruebas o testigos con lo que se pueda actuar, Wang... tú sabes como es esto...

Por un momento, su examinador cesó de hablar. Escupió.

Además de todo, pensó Wang, a esta persona no le importaba mucho la campaña de no escupir. Dicen que la campaña esa sólo pulió la puntería de la gente al hacerlo.

Algo se ganaba al menos, ¿no? El pensamiento reconfortó sólo un poco a Wang. Pero era obvio que estaba en medio de su confusión. Había perdido el sentido de las pausas, del porqué las hacía la persona que estaba enfrente. ¿Por qué no salía sencillamente de ahí? Lo comprendió de inmediato. Pensó que sí salía del lugar, cosa que no sería difícil, de alguna manera implícita estaría él aceptando alguna responsabilidad o complicidad de alguna especie. Todo era absurdo.

Su interrogador continuó de nuevo.

—Supe de una boda, Wang... todos los regalos estaban ahí... hasta una moto japonesa les regalaron, Yamaha, jet negra, además les regalaron una televisión de veinticuatro pulgadas y un nuevo refrigerador.

Wang guardó silencio.

—No dices nada, Wang, ¿has ido a muchas bodas?

Wang asintió. Prosiguió su interlocutor:

—Esta era curiosa. A la novia la desenterraron. No cuesta mucho desenterrar personas. Y el novio pues... estaba bien. Lo bien que puedes estar cinco días después de muerto. Un accidente automovilístico me parece. Y todos festejando. La madre del novio estaba ahí. Les puso música de un radio de transistores. Rod Stewart. A la novia le gustaba Margaret Thatcher, supe… de entre todas las mujeres del mundo, Margaret Thatcher. ¿Te imaginas? Habrá tenido carácter, la mujer.

Hizo otra pausa.

—La hipocresía, Wang, la hipocresía. Lo somos y mucho. Contradicciones que vivimos a diario. Tenemos el qi, nuestra energía vital como nación. Nos ayuda lo suficiente, como ves. Pero es una gran ayuda espiritual que a final de cuentas no nos sirve de mucho, ¿verdad? Pero nos gusta saber que la tenemos... ¡Es nuestra gran fuerza! Nos guarda, nos guía, a ti, a mí, a todos... Contradicciones y contradictores... Pero más que contradictores, Wang, lo que nos caracteriza como pueblo es el remordimiento. Todo el mundo lo dice... ¿Tú, Wang? ¿Lo tienes?

—¿Qué? —Wang no entendió.

—Remordimiento, ¿tienes remordimiento?

Wang pensó por un segundo.

—No sé. Tal vez sí... todos lo tenemos, lo acabas de decir hace un momento...

—Tal vez sí, lo reafirmas, pero tú, ¿de qué lo tienes? ¿Abandonaste a tu novia? No sería la que murió, la de la boda, ¿verdad? ¿Abandonaste a tus padres a una vejez desgraciada? ¿Has traicionado a tus amigos? ¿Fuiste indiferente alguna vez? ¿Odias a nuestro ejército?

Su risa lo confundió más y más.

“¿Quién puede atreverse a hablar así?”

Lo miró con atención. Era como todos en realidad, experto en esconder emociones detrás de una fachada de impasividad y de autocontrol.

Expertos en sutileza, siempre lo dicen, siempre debe observarse la sutileza.

Los cambios eran eso, sutiles.

Todos los archivos estaban en su biblioteca, correctos, tamaños esperados y todo. Pero al revisarlos en el editor, Enrique miró con extrañeza que todos estaban igual, sin modificación.

Las horas pasaban y él, estando en su cuarta y última noche, ya se había acostumbrado a dormir sólo a ratos debajo del escritorio de su cubículo para que las eternas luces de neón de encima no lo molestaran, sin darle importancia, igual como las otros noches, a lo que pudiera pensar el guardia de seguridad nocturno que hacía las rondas cada dos o tres horas.

La última vez Enrique despertó en la confusión, abrió los ojos y con un movimiento rápido que le recordó que su espalda estaba ya muy lastimada, se irguió de la alfombra.

Ahora registró su lugar de base por enésima ocasión: la mesa redonda pequeña para atender a las visitas; las paredes verdes, listas para ser decoradas con un pizarrón o con posters que de preferencia no fueran motivacionales, los pasillos, los demás cubículos sin gente.

Si enfocaba sus oídos podría alcanzar a escuchar el pequeño zumbido que sólo aparecía cuando no había nadie, seguramente causado por los aparatos de aire acondicionado o por las mismas luces del techo, que pensándolo bien no estaban tan altas.

Miró la pantalla y la tocó. Pasó los dedos por el teclado. Sintió las diferentes teclas por sobre sus yemas. Aspiraba a pensar que podría un día iluminar su razón a través de ese proceso, de manera un tanto infantil o un tanto supersticiosa. Era sólo un juego tonto, como el de imaginarse que podría ser un gran pianista sólo por hacer los movimientos que creía que hacían ellos en las manos antes de atacar un piano.

Era la misma pantalla con letras blancas, luminosas que si se acercaba a ellas lo suficiente se percataba de que eran sólo hechas de rayitas horizontales. Su cursor lo esperaba parpadeando, con toda esa paciencia eterna que los cursores siempre han mantenido frente a algún ser consciente desde que hubo pantallas y hasta que dejaran de haber pantallas que pudieran interferir la vida de la humanidad.

¿Qué había detrás de ello? ¿Un Monstruo? Algunas personas le llamaban así a todo lo que estaba detrás de esa pantalla: el sistema en sí, el Monstruo del software que necesitaba de sólo una bala de plata bien dada para ser destruido. Una vez leyó esa metáfora y no le entendió.

¿Cuál es el Monstruo del software en realidad? ¿Era el sistema (que no funcionaba) que se compraría para que resolviera todos los problemas de finanzas? ¿Los de productividad de los empleados? ¿Los de las políticas de precios? ¿Los de la competencia desleal? ¿Los de los defectos de fábrica en los productos? ¿Los de la escasa venta mal prevista? ¿De la baja moral? ¿De la ineficacia, de la ineficiencia, de la inefectividad? ¿Los de las malas decisiones de los malos presidentes o directores, derrochadores e ineptos?

Enrique asintió. Eso sería cierto sólo si pensáramos que la empresa sólo comprase un software, sólo lo empotrase a su hardware y por arte de magia las cosas empezaran a funcionar: la red, los módulos y lo demás; de ahí la productividad ascendería a las alturas, y todos, todos los problemas internos, factores externos, dificultades, amenazas, debilidades, todos, todas quedasen reducidas, a cero. Cero. Cero. Cero. Cero problemas por siempre cero.

Pero faltaba tomar en cuenta a la gente. Siempre la gente. El Monstruo del software. ¿Se le podría derrotar? Lo dudaba.

Suspiró. La pantalla negra lo miraba con ansiedad reprimida. Las teclas envueltas en su incertidumbre, esperaban sus dedos, sus manos, ahora con duda. Si fuera de vapor, su unidad de proceso central estaría resoplando, furiosa.

Enrique pensó en Ricardo Montemayor. De Plásticos, moreno, alto, delgado, que una vez dijo, cuando estaban frente a una pantalla, realizando unas pruebas:

—Con este calorcito, ¿a poco no estarías mejor en una sombrita, al lado de un arroyo, pescando, con tu cheve bien fría al lado? ¿No?

—Claro...

Pero la respuesta en la mente de Enrique era precisamente “no”. ¿Pescar? ¡Claro que no! Preferiría andar en moto o algo así. O en bicicleta. Algo distinto. Cada quién.

Pero Ricardo no sólo era diferente de él mismo en asuntos de aficiones. Era de los peores “neciarios”, usuarios necios, con los que podría alguien encontrarse. Nada le parecía. Todo le era complicado, lo quería sencillo, de poco costo, de poca responsabilidad para él y su equipo, y que estuviera exento de problemas. Lo peor, Ricardo casi le afirmaba en su cara que ellos conocían ampliamente de ese tema, en el que sabía que Enrique era especialista, más que él mismo.

Exacto. Ese era su problema. Y había más problemas, uno por cada “neciario”. En su ramo, siempre los habría.

El paquete no quería funcionar como debía. Enrique ya había corregido los problemas iniciales. Era un alarde de deducción el corregir problemas. Casi un arte. Era rastrear y rastrear por donde fuera posible la posible falla, la posible desviación.

Eran instrucciones, rutinas, procedimientos, parámetros, todo escrito por personas que él ni conocía, todas esas líneas listas para trabajar en computadoras con otras características proclives a afinaciones difíciles de entender, más no imposibles, dado el tiempo, el espacio, y sobre todo la motivación.

El mismo Enrique había sugerido a Raúl que le dijera a Panchito que compraran más memoria de acceso directo, esas tarjetas llenas de chips que servían para almacenar datos y más datos listos para ser utilizados de inmediato, pero no, nadie le hacía caso, lo miraban con desprecio, como si no se diera cuenta de las eternas dificultades de la empresa. No hay para aumentos. No hay para contrataciones. No hay para memorias.

—¿Qué no sabes hacer tu trabajo? Eso de trabajar con más memoria y disco es trabajar a la americana… Trabajar con “maquinazo”... con el billete por delante.

Hacían parecer a la sugerencia innoble.

“Maquinazo” era como se le llama a la práctica gringa de no querer batallar con los fierros, por no saberle, contra el optimizar una máquina, que requería un conocimiento más agudo, más exquisito de los componentes de esos fierros. Preferible mejor comprar aditamentos que le amplíen la capacidad que dedicarle esfuerzos intelectuales para afinar la configuración.

Allá en USA: ¿Está más lenta? Es la memoria, compra más o compra otro procesador. ¿El disco se llenó? Compra otro. ¿Ya no hay más canales de comunicación para usuarios? Adquiere otro hub más para dieciséis usuarios a memoria llena.

Aquí en México es: “justifícalo”. No lo olvides. Siempre justifícalo. Justifica tus resultados, tus opciones, tu tasa de retorno interno, tu costo-beneficio, tu compra. Si no puedes, justifica tu chamba.

Optimiza, verifica, haz pruebas, libera espacio, maneja prioridades, afina, siempre afina más. Lo haces mal, lo haces insuficiente, lo haces a medias, no te metes de lleno. Sí, lo haces mal. Tal vez no te vaya muy bien en la siguiente evaluación de funciones, pero…

Y aquí estaba frente a la pantalla de su PC que hacía las labores de comunicación, o más bien, de una misma comunión con su host, su ya no tan flamante ni orgullosa CDC 930 viendo como el cursor le parpadeaba enfrente, esperándolo de manera paciente, como si fuera su amante, como si fuera su confesor, como si fuera su perro, como si fuera su esclavo.

Pero a veces se preguntaba si el esclavo más bien, ¿no era él mismo?

De pronto imaginó el problema como la verdadera bestia negra que había que matar. La terminal era la extensión de su maldad. Sorda, muda, ésta le gritaba con fuerza para recordarle que no la podrían domar tan fácil. ¿Por qué habría aceptado una fecha tan cercana para resolver el problema? Sabía de los compromisos, pero ¿no se habían tomado estos por todos los involucrados demasiado a la ligera? Sintió gruñir sus tripas. Sentía hambre aún y cuando había comido una pizza.

También sentía la soledad. Nadie estaba para apoyarlo. De alguna extraña manera había pretendido hacer la tarea pretendiendo que iba a poder realizarla durante el tiempo acordado, incluso estuvo optimista, pero algo había sucedido. Las rutinas fallaron, y sí, eran su responsabilidad, pero había habido algo indefinido, pequeño tal vez, en lo que se había topado. Pero las condiciones eran implacables. O funcionaban o no funcionaban. No había termino medio. O fallas o aciertas. Así te miden, así debería de ser siempre, ¿no?

Una vez más le habían hablado. Graciela.

—¿Vas a salir temprano?

—Creo que ya te dije, estoy en un asunto serio, debe salir pronto y no puedo dejarlo así como así... a medias… eso no se hace…

—Te quieres hacer el interesante, ¿verdad? Me enojas, Enrique... ya habíamos quedado...

—sí, pero...

Escuchó un zumbido. Miró el auricular en la sorpresa. Le habían colgado. No era su mejor momento. Sintió como una manta oscura mezcla de rabia y autocompasión le había cubierto su cerebro.

Sabía que ya no tenía tiempo para ello. Había que concentrarse en otra cosa.

La bestia lo miraba desde detrás de ese cursor pulsante. Porque ese debería ser su pulso. Alguien le había dicho en la antigüedad que las terminales así “poleaban. ¿“Polear”? Algo que tenía que ver con la constante comunicación entre la computadora central y las terminales que se reflejaba visualmente en una tecla luminosa parpadeante. Se lo había dicho aquél venerable ingeniero Acosta hacía ya más de ocho años o algo así. “Polear”. De esos términos extraños que la gente eventualmente adopta y que luego olvida su origen.

Trataba de entender el concepto de la bestia que estaba frente a él. No sabía cómo definirla. Si como un monstruo sin alma, o como un ser gigantesco, indiferente al sufrimiento de los seres, como si fuera un dios menor al cual se le debían de ofrecer sacrificios. Trató de realizar un esfuerzo para abarcarlo, para asimilarlo.

No era que alguien se opusiera a lo que estaba haciendo. Las máquinas no tenían entrañas o posición y hablando de lo mismo, tampoco estaban en oposición de los humanos a pesar de esos poemas contra la sociedad mecanizada que él había leído alguna vez.

Trató de visualizar lo que estaba delante de él.

Una computadora que habría de pesar como ciento veinte kilos el mueble, similar a un archivero de metal lleno de tarjetas realizadas en una placa de cerámica plastificada llena de circuitos con relevadores, procesadores con los míticos transistores integrados en ellos, capacitores, cientos de miles de pequeñitos contenedores en cada placa que podrían caber todos juntos en una sola caja de pizzas, como la que había comido hacía tan sólo un rato.

Habría otros dos “archiveros” juntos: uno, que contenía el disco, o sea, la unidad de almacenamiento. El otro “archivero” no era más que la unidad de cinta en donde se respaldaban, que era el término que se utilizaba, todas las actividades registradas de la gran multitud, pero realmente una gran multitud, de archivos que estaban en su organización. Mes tras mes, año tras año.

Junto a esos muebles de metal estaban los procesadores de comunicaciones que eran de donde partía la inmensa maraña de cables que se dirigían a todas las oficinas de la empresa.

Eso por el lado físico. Estaba también lo de adentro. Lo que cobraba vida al encenderse dentro de los focos, controles, cables, tubos, metal, cobre, plata, zinc, silicio, que seguía complejas, oscuras, gigantes secuencias aritméticas, booleanas, lógicas, binarias, con final cerrado, con decisiones múltiples, con ciclos eternos hasta que un evento externo... cambiara su destino.

Esa era la verdadera bestia a la que se enfrentaba Enrique.

A veces pensaba, obvio, aceptando la irracionalidad del punto, que había atrás de todo ello una precisa intencionalidad. ¿De quién? De quién estaba enfrente de él: de la bestia que acechaba detrás de una pantalla con monitor oscuro y una miniraya luminosa parpadeante.

“Es que no veo la manera de entenderlo. Las rutinas funcionaron en la máquina de prueba. Los archivos son los de siempre. Los procedimientos no han cambiado.”

Enrique discurría: Una vez escuchó de un viejo compañero el rumor de que alguien había afirmado que si se iba de la compañía molesto estaba preparado: Había colocado una trampa para cuando el proceso de nóminas quincenal no encontrase su nombre en el archivo correspondiente a asalariados disparara de manera automática un programa secreto que borraría ipso facto la información de todos los discos, causando el gran caos.

Eso era imposible. Cualquiera con dos dedos de frente se hubiera reído. Ese tipo incluso había dejado el nombre del procedimiento que sería corrido en la consola, de querer. Se llamaba “@papas”, así, con todo el ridículo que desplegaba. El rumor seguía diciendo que nadie se había atrevido a teclear ese nombre en la consola y darle la tecla de “send”, porque, ¿qué necesidad? Imposible, claro, pero ¿qué tal si sí pasaba algo?

Ahí estaba la bestia, respirando a través de su cursor, a través de sus múltiples focos, en sus mismos “Ready”, en sus mismas lucecitas rojas de “On” y de “Begin Of Tape”. Amenazando con furia los desafíos indeseables que le imponían a través de teclas o archivos.

Enrique miraba su pantalla con la forma desplegada en ella. Sin datos. Cero información. Cero registros. Donde debería haber una lista de quince. Sólo quince. Esos quince serían el resultado de un encadenamiento de pequeños procesos con un orden determinado que seguirían una secuencia precisa. Lectura. Carga. Validación. Procedimientos. Ordenamiento. Extracción. Filtrado. Formateo. Revalidación. Distribución. Reformateo. Impresión. Punto final.

Enrique se puso a la tarea de buscar y rastrear. Esa labor era llamada “depurar”. Era una labor lenta y meticulosa.

Marcaría cada párrafo de ejecución para ver dónde estaba la falla o las fallas. Si era una falla ligera la podría localizar y corregir, la sospecha que laceraba era que el problema no fuera así. No tener fallas no significaba desastre en sí. Tal vez el problema pudiera ser desde la misma conceptualización básica de cómo atacó el problema al principio. Si ese era el caso, estaba destruido. Ya no habría tiempo de corregir el rumbo.

Se estremeció. Hasta el momento no se había puesto a pensar que pasaría si no llegara con el resultado que le pedían. Ya se estaban agotando sus últimas instancias, sus últimas oportunidades.

La bestia lo seguía desafiando. No había resultados a la vista. El tiempo se le acababa. Sonó el teléfono. Graciela de nuevo. No tenía interés en reclamarle el cortón anterior.

—¿Bueno?

—Perdón por colgarte, pero... ¿Cómo estás?

Enrique estaba fastidiado. No quería discutir “problemitas”. Ahora no. Después.

—Hasta la madre... esto no sale...

—¿No vas a tu casa todavía?

Miró el reloj. Ya era muy tarde. Como las once cuarenta y cinco de la noche.

—Ni iré... no sé cuanto falte para acabar hoy.

—¿Cuánto tiempo le vas a dedicar? ¿Mucho?

—Hasta que no pueda, serán como las tres o cuatro... acuérdate, es un compromiso...

—Sí, me dijiste... espero que acabes...

—Es lo único que quiero...

Se hizo un silencio.

—Están a punto de derribar el Muro...

—¿Qué? ¿De qué Muro hablas?

—El de Berlín...

—¿Cómo lo están derribando? ¿Quiénes?

—Los mismos alemanes... hay mucha fiesta por allá...

—Ni sabía, no he visto las noticias... es importante algo así, ¿no...?

—Sí, supongo...

—Qué bien... ya luego lo leeré...

—Ni hablar, cuídate... y perdóname, ¿sí? Te... te hablo mañana...

No podía ponerle atención.

—Mejor yo te hablo, ¿quieres?

—Sí, de acuerdo...

Colgó. Miró la pantalla.

“¿Muro? Muro el que tengo aquí. Estos sí son muros”, pensó.

La pantalla le devolvió su mirada a través del cursor, que parpadeando como tic nervioso se burlaba de él.

—¿Hasta cuándo? ¡¿Me preguntan hasta cuándo?! ¡¿Cómo demonios lo voy a saber?!

Su preocupación se estaba convirtiendo en terror. Su corazón dio un vuelco. Algo malo pasaría si no estaban las cosas listas para mañana mismo en ¿cuánto? ¿Nueve horas más?

La bestia parecía escucharlo. De seguro se burlaba de él. Otra corrida más. Cada línea interpretada, escrutada con intensidad por esa maldita, cada archivo requerido, cada biblioteca abierta, cada invocación de rutina ejecutada, todo era realizado bajo la mirada burlona de la bestia dentro del vientre de la computadora CDC 930.

Se la imaginaba en medio de los circuitos de memoria, los del procesador central, los de la unidad aritmética lógica, los de los procesadores de comunicación y de los malditos canales de datos que llevaban la información desde y hacia los archivos de lectura, la preciosa información requerida a ser digerida por el CPU y de ahí hacia los discos para escribir la tormenta de bits y bytes ordenados que sólo quedaban, por ahora, en la nada, en el EMPTY FILE.

La bestia asimilaba y no entregaba nada. Parecía ser algo que deseaba algún sacrificio.

Enrique estaba desesperado y listo para hacer cosas desesperadas.

Pero, bueno, lo más desesperado que se le podría ocurrir sería hacer trampa.

Y en ese caso, no era nada bueno para su salud. De hecho no lo podría hacer jamás. No tenía el carácter.

Al menos ya iba asimilando que no podría mostrar a Panchito y demás los resultados. De seguro eso ya les interesaría eso. Y mucho.

—Tío, tenemos que ir a ver. A todos nos interesa eso.

Su tío tenía las manos manchadas de oscuro por recién cargar el carbón que necesitaban para calentarse y que le daba ese colorcito pardo-oscuro a todas las casas de Berlín Oriental.

—No me vas a llevar, no va a pasar nada. Los van a reprimir... —Miró con gravedad a su sobrino, su único familiar vivo—. No quiero que vayas, Rudi. Es peligroso, yo sé de eso... No te deben de ver envuelto en eso. No sabemos para donde irán las cosas. Tal vez todo dure unas semanas, y luego las cosas serán iguales.

—Iré, sabes bien que iré. Tengo que saber que va a pasar.

—No habrá nada, Rudi, sólo son sueños, rumores...

—Tienes el Muro en tu cabeza, tío. Estás dividido.

—Algún día querrás que las cosas no sean como serán. Cuando destruyan al Muro querrán unir las Alemanias. Tú no sabes de política, Rudi. Ellos nos despreciarán. Ellos nos querrán humillar con su dinero. No les importaremos. Sólo seremos noticias o estadísticas de desempleo. Habrá pobreza. Y querremos volver a estar aquí, pobres, tristes, pero seguros.

—Tío, ¿qué importa? Habrá libertad. Ya no nos prohibirán nada. Podremos ir a donde queramos, por la razón que queramos, aún sin razón...

—¿Eso quieres? Te he dicho que estudies en la universidad para buscar yo luego la manera de llevarte al Partido para que te involucres en sus actividades.

—No he querido porque no me gustan... sus líneas, tío. Menos ahora, como están las cosas.

—Ya te dije, pasará todo... Por lo demás, no hay opciones, y lo sabes. ¿Quieres ser técnico? ¿Quieres ser medicucho en alguna provincia rural? Yo tengo las conexiones para mas que eso y lo sabes...

La ventana estaba llena de gotas de una llovizna ligera afuera.

—Eso dicen...

El tío se puso rojo de furia. Manoteó sobre la mesa. Las azucareras se estremecieron.

—¡Son unos estúpidos los que lo dicen! ¡Nadie puede saberlo, y nadie se los pudo haber dicho a menos que tú...!

Rudi estaba muy alterado también, quería mucho a su tío, pero esos ex abruptos lo exasperaban.

—¡Yo no he dicho lo que no sé! ¡Pero te han visto que llegas muy tarde! ¡Saben que no vas a trabajar todos los días y que vivimos con ciertos privilegios!

El tío cerró los ojos. Puso sus manos sobre su rostro. Inspiró y abrió los ojos con viveza. El color rojo no lo abandonaba. Rudi miró las venillas azules que surcaban su nariz. Pensó vagamente en si a él le pasaría lo mismo cuando estuviera viejo y anciano. Esperaba que no fuera así. A nadie le gustaría, pensó ociosamente.

El viejo alzó la mano, como invocando una conciliación que a veces llegaba, a veces no. Esta vez no llegó del todo.

—Estoy calmado... ¿qué más te han dicho? ¿Algo grave? ¡Mírame a los ojos, Rudi! ¡Respóndeme, tengo derecho!

Rudi en medio de ese ataque de ira repentina pensó que contra toda lógica, su tío tenía razón. Tenía derecho a esa desilusión. Su madre había muerto muchísimo tiempo atrás y su padre, alcohólico, se había ido de ahí abandonándolo con su tío. Éste le había dado techo y comida durante sus estudios. Y aún así...

—Nada, tío...

—¿Lo juras?

—Lo juro...

—Esto es muy serio, Rudi...

—Lo sé, tío. Muy serio.

Rudi tenía cierta sospecha incluso de que su tío podría estar en la STASI, la dependencia secreta que actuaba como policía estatal de seguridad. Un indiciado de parte de ella sería muy costoso para el desgraciado. Sus amigos afirmaban cosas: que la STASI, aún sin comprobar, tenía reportes de muchísimas personas; que si alguien se hubiera reunido en salones privados a hablar de reformas y cosas similares, lo más probable era que ya habría un reporte acusador hacia la oficina de Seguridad. Esos mismos rumores indicaban que había kilos y kilos de papel por persona en la STASI.

Pero ¿quién podría aseverar que su propio tío fuera de ellos? Todo el mundo lo conocía, pero... ¿Su propio tío? Varias veces habría tenido la idea, pero no llegaba nunca al fondo. Era algo que le causaba angustia y ansiedad. Rudi no sabía de esas cosas y no le interesaba mucho el tema: en general no se preocupaba.

Hasta el momento.

Con cierta brusquedad el anciano quitó con la manga el vaho de la ventana pegada a la mesa. No pareció aclarar nada.

—Rudi...

—Dime, tío...

Su tío pareció desinflar su actitud de orgullo y frialdad aparente.

—Yo, yo... quiero explicarte mi actitud... de lo que está pasando...

—No te preocupes, tío...

El anciano miró a su sobrino con un gesto de dolor, de tristeza infinita.

—Tal vez no entiendas de manera completa lo que está sucediendo a tu alrededor... Te concedo por fin que puede que sí haya cambios... Me han informado que se sobrevienen transformaciones en política muy fuertes... ya no hay voluntad en el partido... hay desaliento...

Sorprendido, Rudi dijo:

—Pero me acababas de decir... lo de llevarme y eso...

—Sí, que te llevaría, pero tal vez lo dije porque hay una inercia y mis propias cosas de tanta edad, ya no se atreven a cambiar de la noche a la mañana... Puede que el mismo Partido acepte que sí, que se abra el Muro, con ciertas condiciones, claro… y sí, que haya libertad de... tránsito... pero no creo que dejen que se implante un capitalismo en estas tierras... todo podría también ser... temporal... en ese sentido...

Rudi lo miraba con atención, con un sentimiento de incredulidad total en su mente embotada por las implicaciones. También mantenía un gesto que podría haberse entendido como de desconfianza: el ceño fruncido, mirada fija en un punto incierto.

—No me mires así, Rudi... hay cosas que no deberías de saber... pero... las circunstancias están pasando aprisa... Occidente no es tan bueno como algunos dicen... Tenemos que asimilar lo que viene y saber que vamos a hacer con todo esto... si es que se abre del todo... desde la reflexión y la serenidad, ¿no te he enseñado a ser sereno, Rudi?

Hizo una pausa. El gesto de su querido sobrino estaba sin cambios.

—Pero algo sí sé... No creo que me agrade nada de lo que viene... y no tiene por qué agradarme, lo puedo afirmar... yo... tengo que ganar tiempo... tengo muchos enemigos... me lo merezco y sí algo sale mal... y créeme que si el Muro se abre, es que algo realmente salió mal... tendré que estar listo... Rudi... ¿me escuchas?

—Sí, tío, todo, dime...

—Ten prudencia... eso del Muro no puede ser, te aseguro que no será pronto...

El tío tenía el rostro lleno de ansiedad y angustia. Su ira hacía rato se había desvanecido.

Rudi lo miró con curiosidad, pero sin comprender del todo su angustia. Ya no pudo contenerse más.

—Tengo que salir.

Sonó el teléfono.

Como siempre, el anciano fue el que contestó.

Empezó a escuchar lo que le decían. Su rostro se tornaba lívido por segundos.

Rudi tomó la decisión de irse en ese instante. Ya era la hora de salir. Se levantó de la mesa.

—Rudi, espera.

—No, tío... ya es hora de irme...

—Rudi, espera, te digo...

—Ya no puedo esperar más, tío, por favor...

Rudi no miró atrás.

No pudo darse cuenta que su tío tenía el rostro alarmado. Alarmado y con mucho, mucho desaliento.

Salió a la calle. El primer golpe de aire frío le pegó en los ojos. Parpadeó, pero no le importó.

—¡Todos están en la calle, Rudi! Hay muchos curiosos. Los vopos, dicen que los vopos no van a hacer nada. Nadie sabe lo que está pasando. Me dijo alguien que están a punto de abrir el Checkpoint Charlie… ¡Tenemos que ir! ¡No podemos perderlo!

El rostro de Annegrite estaba radiante. Sabía perfectamente qué estaba pasando y en qué punto de la historia, o más bien de su historia personal en conjunto con la Historia se encontraba.

Rudi no lo veía tanto así.

Rudi pensó en su tío, algo inquieto. ¿Qué pensaría él de todo eso?

—Pienso que tú podrías ser parte de un grupo de disidentes, Wang. Pienso que a ti puede que te den información acerca de lo que se habla de nosotros allá afuera.

Wang quiso protestar.

—Disculpa, compañero, pero tú bien sabes que cualquiera puede obtener información occidental. Aún sabiendo que los hoteles como el Hilton, conforme a la política oficial, avisan que no hay periódicos occidentales disponibles... Pero todo mundo sabe que se transmiten conferencias de los disidentes a través de esas cadenas extranjeras como CNN.

—¿A quién deseas engañar, Wang, “compañero”? Ahora me vas a decir que pensaste que esta era solo una sesión de reeducación de lo que sucedió en la Plaza. Sí, esas sesiones que sirven para que se conozca la versión del gobierno. Que los que van a tomarla luego las repiten sin entonación, como pericos, para dar una muestra de ilustre y sutil movimiento en contra… Una manera de disidencia sin castigo, pero es obvio, la reacción una vez más… se creen valientes...

Wang se sintió provocado.

—¿No es eso, compañero, una manera de disfrazar las propias opiniones de ustedes mismos? Luego me dirá que es un rumor que escuchó en el autobús, o que escucha rumores para análisis, ¿no lo cree también?

—Wang, muy bien. Buen punto. Eso puede significar que eres más inteligente de lo que pensaba…

—¿Cómo decir…? Usted bien sabe que hay un rumor que dice que en China todo aquí es apariencia. Todo aquí es pretender… Usted, compañero, ¿pretende algo? Y si es así, ¿qué pretende?

—¿Qué crees que pretendo, Wang?

“Intimidarme”, respondió mentalmente. Pero no lo iría a confesar. Sería demasiado sencillo.

En vez de eso, respondió:

—Saber quién soy y qué hacía aquí…

—Tal vez nunca lo sepa, “compañero” Wang… Tal vez eso es lo que querría usted, ¿no?

Wang no respondió. ¿Para qué darle satisfacciones? Ya estaba molesto, ya había sido mucho tiempo de estar ahí, en la oscuridad, con sólo una vela que parecía ya estarse acabando. En ocasiones Wang sólo se concentraba en la vela, en su misterioso pábilo en donde serpenteaba su serpiente de fuego en concentración, un alma en pena, o un fantasma del creador de la cera. No estaba seguro, pero en China todo era posible, todo, cuestión de esperar, cuestión de tener vida para esperarlo todo, cualquier cosa.

—¿O preferirías ya haber huido a Hunan?

—¿A Hunan? ¿A qué? ¿A tener hambre?

—Tú bien sabes a lo que me refiero, Wang…

Wang miró al interrogador. Se sentía fatigado, muy cansado. Y estaba perdiendo concentración. Era imposible que alguien supiera que quisiera ir a Hunan, pero no allí precisamente, pero ese era el camino lógico de todos para ir hacia Hong Kong. Guandong era la clave. Precisamente en la frontera con Hong Kong, aún si no lograse nunca salir hacia la isla inglesa, al menos sabía que en Guandong podría trabajar y quizá ser más prospero que allí en Beijing. Tal vez con menos miedo también… Ir a Guandong…

—No tengo pensado ir a Hunan… o a Guandong, si es que usted lo está imaginando…

—Es natural, amigo Wang. Muchos quisieran ir para allá. Se sienten más seguros estando más lejos de Beijing…

Guardó silencio un poco.

—No sé porque tienen tanto miedo de Beijing… lo que sucedió fue deplorable. Todos lo deploramos, muchos no lo decimos, por supuesto, ¿qué querían? Sí, ojalá el gobierno fuera más diplomático, más humano, por supuesto, pero ¿qué podría hacer la gente? ¿Tomar las calles? ¿Para qué? Hemos tenido diez años relativamente buenos de crecimiento económico y de tranquilidad doméstica. Pero no sé si tengas edad, amigo Wang, de la revolución cultural, sólo hace ¿cuánto? ¿Veintitrés años? Eso fue lo peor, no lo dudes, pregúntale a tus antepasados vivos o muertos, Wang, pregúntales... Eso fue lo peor…

Escupió. Wang se sorprendió de como era posible que tuviera humedad en su boca después de tal interrogatorio. Su interlocutor prosiguió como si nada hubiera pasado.

—Dime, amigo Wang, en todo lo que tú conoces y aprecias de esta vida, ¿tú crees sinceramente que había que tomar las calles contra esos cañones, esos fusiles y arriesgar lo que hemos ganado?

—No sé que hablas y ni me interesa, pero yo a mi vez, ya sé quién eres tú.

El interlocutor de Wang sonrió por vez primera de manera que mostró su sonrisa de concurso. Dientes grandes, luminosos.

—¿Sí? Eso es interesante. ¿Quién soy?, dímelo, ¿sí?

—Bueno, no sé tu nombre, pero eres un informante, de esos de esa cadena de anónimos… de hecho, serías el primero que sé que pertenece a eso… está muy desacreditado, pero bien sí, tú puedes ser la primera persona que tengo contacto y que pueda ser de ellos…

—Ya no sería tan anónimo, creo…

—¿Qué importa? Pienso en no volverte a ver jamás…

—Eso sí es posible, Wang… Pero ojalá tengas cuidado, Wang, no elijas el camino de Xiao Bing… ¿quieres un cigarro?

Wang decidió que lo aceptaría, ¿qué más daba? El interrogador se lo entregó encendido. Wang no puso objeciones. Se atrevió a decir:

—Xiao no estaba del todo mal, todo mundo sabe que fue embustero, mintió en afirmar que hubo tantas muertes en la plaza… pero no estaba del todo mal, insisto… lo dicen todos…

Los ojos del interrogador se abrieron un poco, tal vez un tanto divertido. Dijo:

—Tú no lo digas, Wang, no será conveniente… si te escuchan hablar de eso te darán diez años… sólo por hablar…

—Ya hablamos demasiado aquí mismo, “compañero”…

Wang todavía tenía humor para ponerse desafiante. Estaba confundido pero furioso en su interior. Estaba dispuesto a ser irónico en lo posible. Sería su única defensa en caso de…

No pudo seguir pensando que hacer. La voz de su interrogador siguió.

—No es lugar para hablar de política o economía, Wang, sólo de pensar en que estamos tú y yo… lo demás, política y economía bien se pueden ir al diablo… Tú me caes bien, Wang, no eres lo que pensé al principio… sí, es cierto, puede que hayas pensado que venías por alguien más aquí… ¿ Acaso una mujer?

Hizo una pausa. Wang no pudo evitar su mirada penetrante.

—Sí, tu mirada lo acepta, tú no, tu mirada sí… Una mujer… Es muy posible, acepto y también acepto que yo mismo soy muy suave… No eres mal elemento, y la verdad fui instruido de venir a este lugar. Entre otros, te confieso, he venido de vez en cuando a averiguar qué tipo de reuniones se hacían. Ya sabía, por supuesto, lo que sucedía aquí, pero no voy a decirlo más arriba. No tiene mucho sentido. Tengo otras labores de las que no me está permitido hablar… Digamos que siempre me encuentro con alguien como tú y disfruto hablando, averiguar que hay detrás de la persona, ¿hoy me tocará un disidente de buena fe? ¿Un confundido? ¿Un posible terrorista? No, de esos hay pocos… lástima. En ocasiones me encuentro con personas como tú… duros, porque con todo respeto, sí, eres duro, Wang, no excepcional, Wang, lo lamento… tú caso es común... Pero estoy convencido de que no eres malvado, de que no eres antirrevolucionario… también descubrí que no tienes influencias, nadie te conoce, y eso se me hizo más simpático…

—¿Influencias? ¿Guanxi?

Como sea, Wang sintió indignación. ¿Por no tenerlas y por insinuarle su interlocutor que no las tenía? ¿Se creería que sólo él las merecería?

—Así es… no hay guanxi en ti, por más que finjas… verás, ya te lo mencioné, soy sentimental… quiero que mi país florezca… y no se conseguirá nada si nos volvemos más allá de estrictos en cuanto a cuidar lo nuestro, la paranoia no hace bien a nadie…

Guardó silencio por un segundo.

La Revolución Cultural consiguió que a mis padres los pusieron presos porque eran maestros de escuela… Murieron de enfermedades mal cuidadas, Wang, de ser hoy los hubiera salvado lo mínimo, lo elemental... ¿Furia?, la siento. ¿Ira?, lo que quieras... pero ahora dime… ¿contra quién me vengo? ¿Contra el presidente Mao? Murió hace trece años, demasiado tarde… y ya entre muchos o entre pocos, es lo de menos, le cambiaron su ruta del gran destino de los mil millones de chinos... Puede que no lo creas, pero sólo pienso que estar aquí, contándote esto, me es suficiente venganza…

Wang todavía tuvo un pensamiento.

—¿Cómo sabes que yo mismo no soy un informante o un oficial del partido encubierto…?

Su interrogador lo miró con una mezcla de sorna y piedad.

—Me harías reír, Wang. Mucho.

Se apagó la vela. En el instante Wang se sorprendió. Después de una pausa esperando a que su interlocutor la volviera a encender comprendió que no sería así. Busco sus propios cerillos en la bolsa. Algo le pareció ver de movimiento, pero no estuvo seguro.

Con dificultades alcanzó la vela y la logró encender.

Estaba solo en esa habitación. Sólo alcanzó a ver la colilla de un cigarro enfrente de él. En el piso había rastros de escupidas.

Plenamente envuelto de una confusión que le mareaba, salió por las escaleras con cierta dificultad. Miró las calles iluminadas. Miró a su alrededor con nerviosismo y huyó de ahí.

Wang quiso correr o escapar, no estaba claro. Llegó a una avenida, los árboles flanqueaban a ambos lados de las calles laterales. Sudaba en medio del fresco. Sintió que mil ojos lo observaban. Miró mil caras, mil rostros, todos pensando algo de él. Que si estaba demente y se había escapado, que sí estaba bajo la influencia del opio o algo peor, que si era una persona que había perdido a algún ser querido y lo estaba buscando. En un momento de alucinación mientras el pulso le reventaba en el cuello y las luces de los arbotantes lo cegaban de a momentos. En un instante pensó por un momento que estaba en la plaza. Se imaginó estar mirando que los soldados avanzaban. Que la sangre en el piso lo alcanzaba, que los gritos de auxilio lo ensordecían, lo punzaban, que la Estatua de la Democracia fue frágil y no aguantó que mil manos la derribaran y que mil pies la pisotearan.

Al siguiente instante todo terminó. Sólo vio a un anciano que sentado en la acera lo miraba con desdén supremo mientras fumaba un cigarro.

—Borracho.

El anciano escupió.

Wang no recordó como entró en su casa.

Se sentó en una silla y se recostó en la mesa.

Se sentía muy mal, con mareos. Se sentía descubierto, preso de una vulnerabilidad que lo devoraba. En cualquier momento vendrían por él. Miró el pequeño espacio que era su hogar. Austero y todo, era su refugio, por pequeño y atestado que fuera. Miró el poster de un automóvil europeo rojo brillante que estaba pegado en una pared. “Ferrari” decía en caracteres latinos. Mostraba poder. Mostraba furia. Mostraba desafío.

Se río de la ironía. Era lo que él menos era en ese instante.

Sonó un ruido con violencia ahogada. Era la puerta que empezó a sonar con fuerza.

—¡Abre, Wang! ¡Abre!

Era Tshuan Bin.

Algo estaba mal, muy mal.

Porque Panchito pensaría que todo estaba mal.

La bestia seguía empecinada en no dar pistas de lo que sucedía. La frialdad, la grisura de lo que estaba delante de Enrique estaba a punto de enloquecerlo. La bestia estaba sorda, no escuchaba las maldiciones que éste le dedicaba. Era de entenderse.

Eran catorce listados de programas, procedimientos y rutinas que trataban de gobernar el orden del proceso. Vació los contenidos de los datos sobre la mesa, los verificó en su integridad, en su composición, en sus definiciones del diccionario de datos y se sintió todo lo satisfecho que podría estar en medio de algo tan delicado. Se imaginaba las fuerzas del mal contra él mismo.

—Y todavía me habla Graciela a preguntarme que sí había visto si estaban derrumbando el pinche Muro.

No estaba muy satisfecho con ella. Había sido problemática como la que más. Exigente, chantajista, guapa eso sí, pero ¿sólo por eso la aguantaba? Ya ni sabía. Tal vez no. Tenía un gusto por hacer y deshacer de su propia vida que daba miedo. Llevaba dos o tres meses con ella y de repente no sabía que hacer a continuación.

Pero ahora ese era el menor de sus problemas.

Se enfrentaba con la posibilidad ya real de que las cosas no iban a salir bien. Ya se había hablado mucho al respecto. No tenía entendido como estaba la situación. Sabía que mucho de todo esto era política. Sabía lo que quería Jaime, el maldito bastardo (¿cómo decirle de otra manera?), que estaba a la par de Panchito, en el comité técnico, que quería él sólo imponer sus criterios en las decisiones acerca de qué Sistema de Base de Datos se adquiriría.

A Enrique se le hacía complejo entender ese tipo de política. Obvio, no sabía más que lo que estaba a su alcance y por rumores.

Recordó estar en una reunión con Jaime frente a un proveedor en el que le pedía, o más bien, le exigía más allá de lo que las reglas comerciales de vendedor-comprador establecían, respecto a que entregara un pedido a una fecha y como el proveedor respondía con desesperación:

—No puedo hacer eso, Jaime, me pides un imposible...

Durante la junta Jaime trajo todo el tiempo un palillo de dientes en la boca, o algo así, Enrique recordó. Era una manía de Jaime el hacer ese tipo de cosas, como el masticar pedazos de cinta adhesiva entre cigarro y cigarro. De personalidad autoritaria, despectivo con muchos, a su vez Jaime le respondió:

—Pues a ver cómo le hace PowerFin o a ver cómo le haces tú...

El proveedor estaba ya mesándose los cabellos, con el sudor perlándole la frente, mirando hacia arriba, tal vez buscando alguna solución que Enrique mismo desconocía. Enrique se sentía incómodo, apenado por lo que el proveedor estaba pasando.

Él mismo sabía que los proveedores se llenaban de dinero cuando hacían una venta suficiente a una empresa como en la que él estaba, pero algo grave estaba sucediendo ahora y él no alcanzaba a intuir qué era.

—Jaime, no me pidas eso...

—Pues ya te dije... es tu decisión, es tu opción... tú sabes lo que harás...

Sonaba a sátrapa el tal Jaime. Había humillación en todo eso, pero Enrique no acertaba a ver en qué se resolvía. De qué se trataba claramente. Tal vez eso le ayudó en su conciencia, en no hacerse más partícipe del asunto.

Y sabía que Panchito odiaba a Jaime cordialmente pero no decía nada, ni lo diría tampoco. Era parte de esos juegos en los que participaban los ejecutivos de mediano pelo. Ni se imaginaba el tamaño de los mencionados juegos de poder en sectores más altos, en los de ejecutivos de, ahora sí, altos vuelos. Tal vez serían en verdad despiadados y eso que presenció no era nada en comparación.

¿Y él? ¿Jugaba en esto? Era importante hasta cierto punto, no lo dudada, pero no tan importante. Él sólo era un instrumento. O tal vez todo era una ilusión.

Algo alcanzaba a entender mientras miraba todos los papeles en los confines de su mesa, que, pequeña que era, estaba totalmente inundada de esos reportes en los que incluso a través de marcarlos con tintas de colores para poder identificarlos de manera más precisa le era confuso en ocasiones poder hacerlo.

Pero aún así tenía la intuición de que ya estaba muy cerca de la solución, pero el tiempo se le acababa.

No habría prórrogas. No habría más oportunidad. Había fracasado. Tendría que reconocerlo. La bestia había triunfado. Por más que no quisiera o deseara antropomorfizar lo que había detrás de ese loco cursor que parpadeaba dentro los confines de esa pantalla de negro rutilante que lo miraba, que lo criticaba, que lo disminuía de cierta manera aunque las condiciones no habían sido justas, que en un duelo más entre el hombre y la bestia mecanizada, detrás de todo, la única conclusión era que él había perdido.

Enrique estaba seguro de que del lado positivo quedó resuelto lo que se había propuesto entregar en un noventa y cinco por ciento, pero eso, estaba convencido también, y no se hacía ilusiones, no era lo que le habían pedido. No era suficiente.

Le habían pedido el cien por cien. Le habían puesto el reto de resolver la suite de programas en el ambiente del paquete financiero y verificar si el resultado en las pruebas al resolverlo en cuanto a procedimientos, procesos, interacciones, interfases y demás era confiable o no. Punto.

Y lamentablemente ese cinco por ciento que en muchos ambientes tal vez no fuera relevante, aquí y ahora sí lo era. Y no lo iba a poder librar, tal como la había predicho al principio. Había fracasado sin discusión.

Falla. Derrota. Desastre. Catástrofe.

Era al principio un mal sabor de boca. Luego se convirtió en palpitaciones de ansiedad. Estaba seguro que no lo correrían del trabajo, pero sí estaba seguro de que no le serviría de mucho en su currículum.

Eso era lo que descubría en este instante. Sus días de ascenso, si es que existían hasta ahí llegaban. Mancha en su expediente.

Nada importaba más, al parecer.

Sus palpitaciones de nerviosismo se estabilizaron. Algo empezó a suceder que lo invadía de serenidad de manera lenta pero firme. No era la vida o la muerte lo que acababa de pasar.

No sabía que iba a suceder enseguida. Llegar sin el resultado contundente echaba a perder cinco días de esfuerzo (más bien cuatro) días intensos en que cada minuto fue vivido con urgencia, con cuatro días de no poder dormir, de no ver la luz del túnel. Si alguien deseara consolarlo diciéndole que había aprendido, o que se había esforzado, agradecería de manera cordial el acto de consuelo. Pero se burlaría de ello lleno de amargura.

Lo intentaría una última vez más.

El mundo estaría en la indiferencia de todo lo que le pasaba, pero a fin de cuentas nada de eso nada importaría.

Lo único que valdría la pena ahora era lo que su gente, si es que era suya, tenía en mente.

La gente empezaba a festejar, era un tiempo alegre. Era un tiempo inolvidable. Un tiempo de regocijo. Todo parecía estar en puntos suspensivos rumbo a la gloria. La interjección admirativa máxima del tiempo moderno que estaba a punto de escribirse. Y nadie resultaría herido. Y nadie moriría.

La gente empezó a pasar de un lado a otro. Así de sencillo se puede leer pero incontables generaciones recordarán el día en que la Libertad se expresó arriba del Muro.

Rudi dejó a Annegrit y a sus amigos. Las filas eran tremendas por ver que sucedía en los límites. Caminó entre lágrimas, risas, júbilo. La incredulidad rampante en la población. Recordó todos los años que estaban a punto de desaparecer. Se sintió con un deber. Iría por sus cosas y le diría a su tío que las cosas sí iban a cambiar. De un momento a otro todo sería distinto. Fue a buscarlo.

Llegó a la casa con prisa. Los pasillos oscuros que culpaban al carbón de todas sus desgracias. La encontró extraña, sorda, era obvio que algo pasaba. Había mucha luz por todas partes, lo más inusual del mundo y con razón. Estaba pasando todo inusual. En su casa era al revés. Estaba oscura. Las sillas desacomodadas, ignoraba el porqué con claridad. Le tenía que avisar a su tío. Iría por lo más elemental. Uno nunca sabía si las cosas iban a durar por horas, o por días o por siempre. Su intuición le indicaba que por siempre, pero ¿quién era él para asegurarlo?

No lo encontró. Pero en lo que fue a su cuarto encontró un papel. Era una nota.

La leyó, sintiendo una sacudida en su interior mientras lo hacía:

“Querido Rudi. Destruye, por favor, destruye esta carta después que la leas. Soy informante de la STASI. Me obligaron como a muchos. Eso digo, pero por fuera no me creerán. La llamada telefónica era para eso. Supe que tal vez hoy abrirían las puertas. No es mucho suponer que un día alguien sabrá que fui informante. La vergüenza de que tú lo supieras sería más grande de lo que imaginas. Muchos lo fuimos, pero eso no importa. Tal vez nunca fui nadie con visión, pero esto sí lo veo venir. No indagues más. No averigües más. Sólo te pido que sí, que te vayas lejos de este país. Y si te quedas, haz un esfuerzo sobrehumano para no averiguar nada.

“De cualquier manera, no te sorprendas si descubres que muchos de tus conocidos también estuvieran involucrados. Todo fue una porquería, espero que comprendas, aunque sé que será difícil.

“Y sobre todo, perdona a tu tío.”

El rostro de Rudi estaba pálido. Salió de ahí con prisa.

Algo le hacía insoportable la estancia.

Llevaban mangueras largas, pero al menos no eran balas. Había incredulidad en todos.

Venían los bulldozers y no eran para contener con agresividad a los curiosos. Iban hacia el Muro y comenzaron a golpearlo. Cayeron las primeras losas. Todo puede ser impenetrable por un tiempo, pero no por siempre.

El rostro de Rudi se iluminó de tanta luz. Miró un tipo con camisetas para vender que decían: “el último que salga que apague la luz”. Lo hizo sonreír.

Estaba feliz. Había fiesta en su planeta cercano, en el que le interesaba, en el que lo involucraba. Cerró los ojos y aspiró con fuerza. Un aire fresco inundó sus pulmones. No sabía que podía pasar, no sabía lo que estaba frente a él, frente a sus amigos, frente a todos. No sería fácil nada de lo que pasaría. Lo más seguro era que muchos de los que estaban felices y jubilosos trabajarían el lunes siguiente probablemente en sus mismos horarios de toda la vida. Pero eso sí, los cambios se darían. Nada sería igual.

La oscuridad de su ciudad y la perspectiva, la ilusión del torrente de los cambios, empezó a inundar sus pulmones.

Adoraba su ciudad con ese olor tan característico inolvidable.

Pimienta. A eso olía su ciudad. La libertad olía a pimienta.

Ese olor de condimento que en ese instante parecía tan ajeno.

Tshuan Bin estaba con él con una sopa en la mano, humeando. Tenía su rostro muy preocupado.

—Ya estaba a punto de irme. Dos veces había venido a buscarte y no estuviste. Esta era la tercera y ya me había hartado. Pero estaba realmente muy preocupado. Pensé que algo te había sucedido. Ya de la calle a punto de irme a mi casa te miré que entraste como poseído por un demonio.

Wang ni lo miraba, con humildad aceptó la sopa.

—Me pareció que llegaste enfermo. ¿Te fue... mal, verdad?

Wang no sabía que responder.

—No lo sé...

—Bueno, pensándolo bien, aquí estás, sano y salvo, ¿no? No te hubieran dejado ir —concluyó su amigo.

—Yo nunca supe del tema del que hablaban... creo que hubo una confusión...

Probó de la sopa. Estaba caliente, le sopló y ya estuvo satisfactoria. Muy rica.

—No tuve nada que ver... con nada... igual que muchos... yo sólo estuve ahí y todo ocurrió... no intervine ni para bien ni para mal... como muchos...

—¿Te dijeron algo? ¿Te amenazaron? ¡Habla!

—¿Quieres saber si dije tu nombre? —Wang lo miró con un pensamiento de sospecha. Optó por borrarlo. Era difícil de creer.

—No, sé que no lo hubieras hecho... ¿o sí? Sabes perfectamente que no tengo nada que ver con nada de eso, Wang, yo ni estaba aquí en la ciudad esos días de junio...

Él se dio un respiro con la sopa.

—Claro que no dije nada, además ellos sabrían perfectamente averiguar eso... y a final de cuentas, no me hago ilusiones, Tshuan, no hemos sido nada, ahora tampoco somos nada, no merecemos ni siquiera la atención de que nos interroguen, ¿no crees?

Había resignación y amargura. Ni para bien, ni para mal. ¿Son esas las opciones? ¿Sólo esas?

—Te veo decepcionado, Wang. Muchísimo... perdona la pregunta, y si deseas no respondas... De poder hacerlo, ¿huirías de aquí...?

Habiendo casi acabado su sopa, lo miró. No había muchas opciones, ¿Huir a Hong Kong? Era ridículo. Estaba muy lejos, en caso dado estaba la opción de Guandong. Mientras sólo quedaría obedecer. O aparentar obedecer. Y así seguir por siempre. La opción es rendirte, y la opción es sólo quedarte y trabajar mucho. Hacer algo por los que están aquí mismo. Sólo seguir adelante y esperar lo mejor.

Afuera soplaba un viento frío.

Wang sonrió. Negó con la cabeza. Ya estaba sereno.

Pensó en su interrogador. Tenía la seguridad de que jamás lo volvería a ver. Pero algo en su actitud le había imbuido de una certeza. En alguna parte oculta de todo ese embrollo en el que habían nacido, en medio de las contradicciones, de la hipocresía, del mismo remordimiento, de la eterna búsqueda de guardar las apariencias.

Detrás de todas esas máscaras había personas, había individuos que decidían lo que era bueno o lo que era malo, pero que en un extraño punto de la existencia cuando la vida los ponía a prueba, se tomaba conciencia de que en ocasiones, más allá del blanco y del negro, había decencia.

Tshuan lo miraba, confundido.

Wang pensó mientras en medio de la noche escuchaba campanillas de bicicletas. No sabría que haría a continuación.

La vida tiene que ver con opciones. Y tiene que ver con oportunidades, pensó Wang. No le creyeron importante y probablemente no lo era. Pero eso muchas ocasiones no importaba. El temor era el temor. Ahora.

Todo es impenetrable pero sólo por un tiempo, no siempre.

Esos mismos campanilleos de bicicletas lo tranquilizaron. Respiró hondo.

En medio de sus paredes comprendió que aunque habría que esperar un poco, ya era hora de ir a casa.

Con la desesperación proviniendo de la contemplación de los hechos anteriores y con la desesperanza de la percepción de los hechos que vendrían, comprobó que la corrida terminó mal como la anterior y la anterior a esa y la anterior a la anterior a esa. Enrique además de todo ya estaba cansado y fastidiado. A esa altura ya no podía ver si las cosas estaban iguales o diferentes. Ya no podía depurar. Ya no había más tiempo.

Lo aceptó. Aceptaría todo.

La sala de juntas esperaba.

Juan de Dios dijo indiferente, a modo de abrir plática en la mesa de la sala:

—El Muro fue abierto...

—Estuvo suave eso... —dijo José, como siempre que quería aparentar estar enterado y ser parte de los que están siempre informados.

—Sí, muy bien...

—Excelente.

Enrique se sentó por fin en la sala de juntas. Las luces de neón estaban en lo alto como si fueran nubes metálicas, rectas, iluminando al mundo. A su mundo que estaba ya contado en cuanto a sus mismos días.

Sólo era cuestión de tiempo. Como cuando llegas a la orilla y descubres que no llegaste con el trofeo, que no llegaste con el pez espada. Pero esta vez nadie está ahí para felicitarte aun para de perdido averiguar si llegaste con los despojos. A nadie le importó lo que te tardaste, lo que sacrificaste, lo que perdiste. ¿Diez de noviembre de 1989? Sólo un día más.

Llegó Raúl Ponce.

Después de ventilar los asuntos de rutina de los demás, Raúl escribía algo en su libreta. Por fin miró a Enrique y dijo en voz nuestra:

—¿Cómo te fue, Enrique?

De nada valdría mentir, o andar con rodeos.

—Más o menos.

Roberto endureció el rostro.

—¿A qué te refieres?

—A que ya estoy haciendo el reporte y...

—¿Funcionó o no funcionó? —le interrumpió, Raúl, tajante.

—Pues, es lo que te iba a explicar... Según esto iba a funcionar...

—No funcionó entonces.

La expresión de Raúl era impávida. Pero Enrique creyó ver un gesto de comprensión de la situación, pero determinantemente no de simpatía. Nada de simpatía. Se cumple o no. Punto. Por eso te pagaban.

—No, pero, conseguí que...

—Está bien, déjalo así, lo vemos más tarde...

—¿Lo vemos más tarde...? —repitió Enrique.

—Sí, lo vemos más tarde...

Algo, una pequeña partícula de rebeldía apareció entre sus fibras cansadas, hastiadas. Enrique se prometió contenerlas. No ahora. No ahora, por favor.

—Pero pensé que era importante...

—Y lo es... sólo que lo vemos más tarde, o mañana...

“Mañana es sábado”, pensó. Quiso decirlo, aclararlo, pero optó por seguirse controlando. Viernes, sábado, domingo, tal vez sí, habría una oportunidad.

—Pero... tú me dijiste que era importante y me pediste que hiciera un compromiso, ¿no?

Raúl lo miró, como si lo midiera en su extensión. Enrique comprendió que le veía las ojeras, el desaliño que por más que lo pulas no lo puedes ocultar cuando tus cinco sentidos son reducidos en gran parte.

—Compromiso que no cumpliste... si lo vemos así...

—Pero sí lo cumplí... sólo que...

—No lo cumpliste, Enrique, así de sencillo...

—Si lo ves así, en blanco y negro, sí, estoy de acuerdo, pero se alcanzó en un noventa y cinco por ciento y...

—No es lo que acordamos...

—De acuerdo, no exactamente, pero...

—Mira, Enrique, no te preocupes. Van a comprar la otra suite.

Enrique lo miró como si no pudiera dar crédito a lo que escuchaba.

—¿Me estás diciendo que lo del reporte no lo necesitarán...?

Control. Control.

Raúl parpadeó por un segundo. Poco lo podía conocer Enrique pero percibió que no estaba satisfecho, nada satisfecho con el tono emitido de su parte.

—Sí lo necesitarán, claro. De hecho están pidiendo los reportes, ¿están completos, verdad?

—Sí, bueno, no... no me los pediste para hoy... además Panchito dijo...

—Está bien, pero también los necesita Jorge... Ahí te los encargo...

—Sí, pero... Dijiste que se habían decidido por la otra suite... Y entonces, Panchito y Jorge...

No hubo necesidad de controlarse para no confrontar. Raúl se levantó y salió de la reunión. Enrique no supo si estaba furioso con él o no. Todavía estaba asimilando lo que le acababa de decir. Y todavía estaba asimilando el que Raúl lo hubiera dejado con la palabra en la boca.

Miró a sus demás compañeros. No estaban interesados en nada, al parecer: apuntaban notas, hacían dibujos. Deseó iniciar una plática, de lo que fuera con ellos. Quería de alguna manera conjurar lo que había pasado, desearlo desaparecer.

Guardar las apariencias.

—¿Vieron lo del Muro? Lo derribaron siempre, ¿verdad?

Nadie le contestó.

—Muchas noticias este año...

Cada persona estaba en su asunto. Tal vez no lo dijo en voz alta o habló para sí mismo.

Quién sabe.

Volvió a intentar.

—¿Vino Mijares?

Alguien sí respondió:

—No, no llegó... parece que vendrá más tarde, avisó, algo así...

Se levantó. Llegó a su lugar. La pantalla seguía encendida. ¿Cuándo fue el último día que la apagó? No pudo recordarlo.

Estaba fatigadísimo. No recordaba tampoco cuando miró el sol de la mañana por última vez. ¿Cinco? ¿Cuatro días?

El descreimiento lo poseía. Todo su cubículo estaba lleno de papeles, de impresos, de vaciados de datos de archivos, de listados. De papeles con sus notas. Era devastador. Fue como avanzar en línea recta hacia el lugar equivocado gastando recursos, emociones, energía, esfuerzo y todo en vano, sólo quedando un campo de batalla, donde había destrozos, cenizas, restos irreconocibles, escombros.

Al menos no tenía que volver a casa con algo que a fin de cuentas demostrara la inutilidad de los esfuerzos.

Se sentó a mirar la pantalla. Quería mirar al ojo de la bestia tal vez por última vez. Adentro vivía el ser que lo ató de manos. Al que nunca pudo domar. Mirar su ferocidad le dio escalofríos. No sabría cuantas veces alguien se podía enfrentar a un ser así en su vida. Paradójicamente se sentía satisfecho. Hubo algún punto en el que él pensó que iba a enloquecer.

La bestia lo tuvo en sus manos. Lo golpeó, lo saboreó. Estuvo a punto de devorarlo. De alguna manera fue gato contra ratón.

Pero no supo con claridad si el gato fue la bestia o si fue Raúl, o si Panchito, o si Jorge, o Jaime o todos. O nadie. O su misma imaginación. Su maldita imaginación.

Los papeles lo miraron. La computadora. La pantalla. El cursor parpadeante.

Sus músculos le dolían. El estómago. Las sienes le pulsaban. Pero era reconfortante. Algo pasaba que era reconfortante.

Ya no le importaba si Panchito o Raúl o él mismo fueren los que le negasen, o se autonegase, las posibilidades de crecer en la compañía.

Ya no le importaba nada. Cuando pisas al Polo Sur, desde ese punto particular hacia cualquier parte no es más que ir hacia el norte. Por donde le busques, es ir hacia el norte.

De entre su nuevo mundo, una posibilidad le hizo resplandecer su rostro.

Sólo quería salir, respirar el día y comerse unos buenos tacos.

Lo demás no importaría en absoluto.

Por el momento.

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jueves, octubre 29, 2009

Vietnam, Secretos y Documentos del Pentágono, la Verdad Expuesta, o la Conspiración Interminable... Tercera Parte y Final

Tercera Parte

Ya lo he dicho en otro lugar, la edad de la ironía empezó quizá ahí mismo, para luego reforzar el tema con Watergate, luego con Carter, los rehenes en Irán, Reagan, Iran-Contras, y un largo etcétera que no sabemos si terminará, lo más seguro es que no, con el tema de las Armas de Destrucción Masiva que Iraq nunca tuvo.

La edad del “no te creo, gobierno”, empezó ahí.

La cosa aquí era que no había nadie por entonces quien tuviera pruebas de lo anterior. No había nada que llegase a la prensa, pensando que en c

aso de existir ese tipo de prueba, ella lo exhibiría al mundo, lo denunciaría, que primero pensaran que sí, que el gobierno elegido por el pueblo para el pueblo le mintiera al pueblo, era axiomático, imposible que algo así sucediera.

A lo mucho llegaban reportes “leaked”, o filtrados que no eran del todo tratados con credibilidad o con la propia relevancia que se requería ya que siempre había la doble intención de perjudicar a alguien, eran calculados en su alcance y daño.

Pero bueno, resulta que después que llegó Daniel Ellsberg de Vietnam, con un ya grave problema de conciencia, empezó a jugar con la idea, ya de nuevo en el Pentágono y después de leer, comprobar, reforzar su idea de que mucho estaba equivocado al respecto de la Guerra y de la dirección que estaba tomando, y sabiendo desde el principio que todo era una pesadilla, y que ahora se estaba volviendo todo un gigantesco pantano que estaba enlodando a todos y matando a mas y mas personas de ambos lados.

Para esto encontró y empezó a leer un reporte que abarcaba varias décadas de la intervención norteamericana en Vietnam. Para entonces ya era 1968. Ya habían muerto Martin Luther King y Robert Kennedy y junto con ellos murieron el idealismo y el optimismo de que las cosas podrían cambiar. Fueron días de dolor auténtico.

Porque he de decirles que había gente que sí creía que había redención de todo esto, que sí había salida a toda esta pesadilla, que ya había llegado el momento de parar toda la Bestia, la maquinaria inexorable de moler carne, de todo el aparato de guerra traducido en bombas, aviones, balas, proyectiles, minas, la colosal justificación de la destrucción en el sudoeste asiático, o, que había que buscar el modo de acordar que todo mundo saliera sin problemas (el doctor King fue el único líder de renombre nacional, o tal vez mundia, había ganado el Premio Nobel en 1964, con un plan razonable de salida), o con problemas, los de esperar.

Ahora con sus muertes, nada pasaría, ya no había líderes (¿el candidato demócrata y ex vicepresidente Hubert Humphrey? Un miedoso siempre de su ex jefe el presidente Johnson, ¿Nixon? ¿Bromean?), ya no había nadie qué deseara la paz.

Así las cosas, el reporte le dio a Ellsberg la visión de todo el panorama histórico, desde que los japoneses liberaron Vietnam de los franceses, y luego con la derrota japonesa, la reconquista de su colonia de parte de estos, cosa a la que ya se había renunciado debido a la firma de la Carta del Atlántico, en la que las naciones firmantes renunciaban al colonialismo; luego los reconocimientos a Ho Chi Minh como cabeza de estado, para luego desconocerlo; luego el apoyo norteamericano a los franceses, luego su retiro; luego la caída de estos en manos de los vietnamitas; luego la negación de los acuerdos de 1954 de crear elecciones libres en ambos territorios, ¡¡de parte de los Estados Unidos!!

Todo eso en el panorama mezclado por ese terror a lo rojo, pensando que todo el mundo era un lugar para pelear contra los comunistas, que no se podía dar marcha atrás, que cualquier derrota por pequeña que fuera sería la primera de muchas, que era mejor Dead Than Red, y miles de suposiciones similares.

Ese era el reporte creado a partir de miles de páginas de memorándums secretos, de reportes sesgados, de cables de embajada pesimistas, de peticiones de más secretos.

Al pueblo de los Estados Unidos sólo le llegaba un optimismo incierto de que todo se haría como siempre, que su nación saldría venturosa de esa operación militar que no parecía crecer, pero que lo seguía haciendo cada vez más. ¿Cómo se notaba? Con mas muchachos llegando en cajas cubiertas con la bandera americana. Y con más muchachos llegándoles la invitación a presentarse en la Junta Local de Reclutamiento.

Daniel Ellsberg decidió por fin que quizá exponiendo los papeles al mundo, podrían entenderse muchísimas cosas sobre la Guerra de Vietnam y el gobierno de los Estados Unidos. Esperaba que con ese entendimiento las decisiones de los líderes de opinión fueran ya decisivas voces en contra de la Guerra.

Lo que siguió fue tortuoso: sacar los documentos de donde estaban guardados, sacar las miles de copias en secreto, con aquellas gigantes copiadoras tan lentas de aquellos años, y luego organizarlas y para acabarla, buscar el interlocutor correspondiente, correcto, a quien pudiera hacerle sentido.

¿Qué lograría Ellsberg? Mandárselos primero a un funcionario aliado y favorable, pero como esto no ocurrió, demasiados que decidieron no pagar el costo político por fin se decidió por la prensa, el New York Times, para ser exactos.

Y pensaba, quizá ingenuamente, que con eso podría causar un cambio en la opinión pública, tan demoledora en muchas circunstancias, tal como darse cuenta que estaban equivocados y hasta el 31 de enero de 1968, cuando los vietnamitas del Norte atacaron en docenas de lugares de manera simultánea en los territorios de Vietnam del Sur incluyendo casi tomando la misma y ultradefendida embajada de Estados Unidos en Saigón por más de seis horas. Eso acabó con la idea que la guerra de Vietnam, era una victoria segura, idea falsa para esto, desde el principio.

Bueno, como dije, nadie le aceptó los Documentos, hasta que llegando a marzo de 1971, el NYT lo escuchó.

Y no hicieron nada en ese momento… Pensaba Ellsberg si todo eso había sido inútil. El FBI lo presionaba y la guerra continuaba, Nixon ya había anunciado que se estaba bombardeando otro país más, Camboya, sin permiso del Congreso, cosa absolutamente inaudita. Todo seguía, la matanza allá continuaba, los soldados regresando en bolsa con zipper aumentaban, los bombardeos, la pesadilla.

Pero el 13 de junio de 1971 todo explotó. El New York Times lo publicó en primera plana, Vietnam Archives: Pentagon Study Traces 3 Decades of U.S. Growing Involvement, Archivos de Vietnam: Estudio del Pentágono Sigue 3 Décadas de Creciente Envolvimiento de EU.

El Gobierno de Estados Unidos prohibió al NYT la publicación del material, o sea, ¡un acto de censura como no se había visto en 200 años! Pero Ellsberg evitó la censura total pasándole material al Washington Post, y luego al Boston Globe, Los Angeles Times y posteriormente a 17 periódicos más.

Okey, se publicaron de nuevo en el NYT, 50 planas completas, la gente lo leyó, la televisión lo mencionó. Salió el cochinero.

Pero la guerra no se detuvo.

Eran documentos llenos de nombres, de siglas, de frases extrañas, de eufemismos, de puestos, de departamentos, de lugares, de operaciones, de nombres de lugares exóticos.

Pero lo claro fue… No puedes confiar en el gobierno. Ya no puedes confiar en lo que te dicen, ya no puedes confiar en su juicio. El Presidente de los Estados Unidos, ya no es infalible. Lo peor, que el Presidente de los Estados Unidos sí se equivoca.

Nunca, en esos documentos apareció que Nixon mentía, o que Nixon declaraba sus verdaderos planes… eso apareció dos años después, en las grabaciones de Watergate. Entonces se vería con claridad, que por decir el bombardeo con aviones B52 a Haiphong, el puerto más importante de Vietnam del Norte, que se estaba haciendo por esa época, se había aconsejado como nada efectivo, pero sin embargo se llevaba a cabo.

Esa era otra conclusión, consejo tras consejo que todo apuntaba a una larga guerra sin victoria a la vista, se habían previsto desde 1961, en tiempos de Kennedy, que mejor era que no se metiera. Aún así los consejos prevalecientes era aumentar las tropas. Eso provocaba solo que se endureciesen las cosas que hacía a su vez que se necesitaran más tropas, lo que sólo provocaban mayores problemas que hacían requerir más tropas.

Círculos viciosos de la peor clase.

Y todo mundo se escudaba con que no se está ganando la guerra porque había faltado decisión en el momento correcto, y por supuesto, más tropas.

¿Suena familiar?, recordemos que ahora hay dos guerras de Estados Unidos, una inventada en base a mentiras, la otra en base a una equivalencia de que si las avispas me picaron, voy a la casa del vecino en donde están las avispas, a destrozarla, aunque no las encuentre nunca.

Luego Nixon se iría a China, a Rusia en 1972, y todo el asunto de la Guerra Fría, al menos como para pelearla en Vietnam, ya no parecía tan grave. Se llegaron a acuerdos repentinos con los vietnamitas del Norte en cuanto a retirar tropas. No se dijo nada acerca de bombardeos, existía el miedo acerca de que si se retiraban esas tropas Vietnam del Sur se desmoronaría, cuestión que Kissinger y Nixon impedirían con bombardeos estratégicos, aun que ya no hubiera tropas americanas en Vietnam.

Llegó 1973, se retiraron las últimas tropas norteamericanas y por fin el Congreso negó los fondos para que siguieran esos bombardeos, que según esto, con todo y negativa de la gente de los militares respecto a sentir que se hacía lo correcto, siguieron tirando sobre la gente en el Norte.

Al no haber fondos, no más guerra, así de sencillo hubiera sido todo eso de suspenderla. Las guerras se hacen con dinero, al no haber dinero, no hay guerra. Dile eso al que fabrica el napalm, al que fabrica los aviones, las armas, las balas, los cascos, las minas, los lanzallamas, los helicópteros, los B52.

Sencillo y complicado al mismo tiempo. Muy complicado.

A Daniel Ellsberg lo enjuiciaron, pero salió libre cuando se sobreseyó el caso, es decir, cuando no se le vieron méritos de traición, porque él no traicionó a su país, él le dio documentos incriminatorios de una guerra falsa, ella sí criminal, a través de su prensa, a su propia nación, no a una nación enemiga, plantada por su propio gobierno, esa es la clave de todo.

Es cuando se entiende de que se trata todo esto.

Cuando un ciudadano es testigo de los desfiguros de su nación, realizados por sus gobernantes, tiene el derecho, la obligación, de denunciar, de exponer, de demostrar lo que está sucediendo.

Esa es la lección de Daniel Ellsberg. Alguien que estuvo en medio de todo, en las entrañas del sistema, que percibió la podredumbre, y que salió airoso.

Necesitamos de ese tipo de personas, y sé que no hay muchos documentos en países como este, México, en el que mucho de todo se habla, sin que nadie escriba o registre documentos. Y lo único que logran, a su conveniencia, es sacar grabaciones de celular que autoincriminan a personas al hablar éstas estúpidamente a las que es preciso hacerles daño públicamente según sus conveniencias.

Watergate, el famoso caso Watergate, empezó con la contratación de un grupo de incondicionales que se metieron a la oficina del psicoanalista de Ellsberg, en 1972 a buscar detalles incriminatorios en contra de él, actividad totalmente ilegal por donde se vea. Luego irían ahí, envalentonados, al hotel Watergate, a las oficinas del partido Demócrata, en Washington, D.C.. Luego el camino del dinero indicaría a Carl Bernstein y a Bob Woodward del Washington Post, que todo dependía de las órdenes de la Casa Blanca.

Llegaron las grabaciones de un presidente paranoico, las ordenes de un juez para mostrarlas, el escucharlas, y en agosto de 1974 la renuncia de ese presidente.

Saigón cayó cuando los del Norte arrasaron en una marcha incontenible, con todo, en 1975. Unificaron su país y Saigón ha sido Ciudad Ho Chi Minh desde entonces.

A los diez años, en 1985, seguían pobres. En 1995 ya estaban levantando cabeza. En 2005, ya estaban aspirando a ser un tigre asiático y aunque todavía hay pobreza, ésta ya no es tanta como antes y durante tiempos de los norteamericanos.

Daniel Ellsberg es ahora protagonista de un documental llamado “El Hombre más Peligroso de Norteamérica”, título con el que lo designó Henry Kissinger por entonces, y que se acaba de estrenar el 3 de Octubre de este año de 2009.

Al parecer Daniel Ellsberg, de 78 años, sigue con sus ponencias acerca de lo que es correcto o no, con sus críticas al gobierno, en la búsqueda de hacer lo mejor que le dicte su conciencia.

Mi camisa negra favorita es tipo Polo, fue hecha en Vietnam y fue comprada en Estados Unidos.

Y todavía no entiendo, igual como cuando estaba pequeño, que fue todo eso llamado… Vietnam.

Pero lo que sí entiendo, como bien dice la revista Time, que la historia está llena de hombres ordinarios que realizan actos extraordinarios, tal y como lo hizo Daniel Ellsberg.

“El terreno estaba siempre en juego, siempre en movimiento. Bajo el suelo el terreno era suyo, el de arriba era el nuestro. Teníamos el aire, podríamos subir, pero no desaparecer en el cielo, podríamos correr pero no escondernos, y él podía hacer tan bien eso, que incluso parecía que podía hacerlo al mismo tiempo… Siempre, un lugar u otro estaba ocurriendo todo el tiempo, nosotros teníamos el día, él tenía la noche...”.

Airmobility, Dig It, del libro de Michael Herr, Dispatches, (1977)

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Secretos, parte dos, las falacias que se daban en Vietnam en base a la cual la guerra se mantuvo por años y años y años...

Pero bueno, no voy a contar lo que todos conocemos, sino lo que le pasó a Daniel Ellsberg de manera lo más sencilla posible, ¿ok?

Daniel Ellsberg fue un analista con doctorado y todo que se dedicó a analizar la Teoría de Juegos y el concepto del Regateo en Negociaciones, además de haber dado conferencias y seminarios sobre “El Arte de la Coerción”.

Detengámonos por un segundo y recordemos la definición de “coerción”: La amenaza de utilizar la violencia (no solo física sino de cualquier otro tipo) con el objetivo de condicionar el comportamiento de los individuos. Estos son otros títulos de pláticas que dictó: “La Teoría y Práctica del Chantaje”, y “Los Usos Políticos de la Locura”.

Pero el contexto que hay que aclarar es que estas conferencias tenían que ver con los chantajes que Hitler utilizó para poner en jaque a Austria y a Checoslovaquia en 1938 para forzarlos a unírseles, si no serían aplastados por la fuerza bruta militar alemana, eso aunado al uso psicológico que ejercía su conducta errática violenta sobre los gobiernos de Europa Central de por entonces que caldeó muchísimo el ambiente a su favor.

Lo que hay que detallar es que en ese momento de esas conferencias (1959) fueron atendidas, y muy bien recordadas diez años después, por Henry Kissinger.

Henry Kissinger para esto fue un personaje nefasto de la política norteamericana por muchos años que manejó la política internacional de los Estados Unidos desde 1969 hasta 1975 y un poco más allá, hasta que llegó a la presidencia Jimmy Carter en 1977.

Sí, eso puede ser considerado historia antigua para muchos, para mí en su momento fue leer los periódicos del diario, insisto. Así fue con todas sus contradicciones, con todas sus complejidades y con todas sus circunvoluciones laberínticas y bizantinidades, mi caso ni más ni menos.

El caso es que Ellsberg se consideraba un cold warrior, o sea, un creyente en la “Guerra Fría”, anticomunista, vaya, que podía ser pacifista y que por ello tenía la idea de que estar trabajando para el establishment era sólo para evitar una guerra mayor, y no estoy siendo irónico, él se metió a los Marines porque pensaba, creía, que ellos, los Marines no matan civiles, ni bombardeaban a ciegas blancos no combatientes. Porque él creía que eso era inmoral, no el pelear por tu país, sino hacer la guerra contra gente indefensa.

Después de salir de los Marines Ellsberg trabajó para la Rand Corp., una especie de trust de cerebros que era contratada por el gobierno para hacer miles de tipos de análisis de prospectiva muy diversos, que muchos de ellos en aquél momento se necesitaban para evaluar entre otras cosas los poderes militares soviético y chino, incluyendo las que correspondían a las respectivas capacidades nucleares, tareas absolutamente necesarias para ayudar a la toma de decisiones a mero arriba.

Por el tamaño de lo que sucedía por entonces se movía gente a todas partes donde se necesitase, Ellsberg quedó en el mero centro de donde sucedían las cosas, dentro del Pentágono, y a él mismo le tocó leer los cables, así se llamaban los mensajes entonces, que avisaban de lo que sucedía casi instantáneamente medio mundo a la distancia.

Así empezó a ver cosas curiosas, como por ejemplo lo de Tonkin, en la circunstancia de que en el instante de los hechos, los cables llegaban muy rápido y mostraban una situación de ataque no del todo convincente. Ellsberg en medio de la confusión de momento comenzó a ver algo que no era coherente en lo que leía en los memorándums entre sus jefes y los asesores del presidente Johnson, quién había sucedido a Kennedy después de su muerte, y lo que se decía a la prensa y por consiguiente al público.

A partir de ahí Estados Unidos entró en estado de defensa contra Vietnam del Norte. No propiamente en estado de guerra, que conste, ya sabemos cómo se manejan esas cosas del lenguaje, muy propiamente orwelliano.

Y apenas era el año de 1964. Y no quiero extenderme mucho con Ellsberg, valdría la pena, pero mejor recomendar su libro de Secrets.

Después de esa ocasión en Rand y de ver memorándums secretos por todos lados, Ellsberg aceptó una oferta para trabajar en el Departamento de Defensa para asistir a un alto oficial primariamente en la responsabilidad de hacer la política de Vietnam y para eso tenía que ir ahí mismo, a Vietnam, para ver de primera mano lo que sucedía, no sólo leer los deprimentes cables que le llegaban en una oficina cómoda del Pentágono.

Hay que entender más cosas. China, Rusia, eran big players, todo lo que sucedía tenía que calcularse con estos protagonistas pesados de primera línea. Agreguémosles luego en casa a los demócratas, y a los republicanos, y a la prensa, y al electorado, y dentro de la administración tenemos a los que querían borrar a los vietnamitas con bombas nucleares, y los que ya querían salirse sin preocuparse esa maniobra pareciera una derrota, o los políticos que estaban al acecho esperando su turno de jugar a la guerra con soldados de verdad y balas de verdad y muchos, muchos muertos también de verdad.

Ahora revisemos algunas de las pretensiones, las creencias, las falacias en cuya base se tomaban decisiones importantes.

La creencia en un concepto llamado Teoría del Dómino, si caía Vietnam del Sur, caía el sur de Asia y luego Filipinas y luego caería Japón.

La creencia de que si bombardeabas con napalm la jungla de Vietnam, ya no tendrían los del Viet Cong lugares donde esconderse.

La pretensión de que el prestigio de los Estados Unidos sería humillado con la consiguiente pérdida de reputación y con el consiguiente avivamiento de deseos de crear otros Vietnams en todo el mundo por parte de los rojos.

La pretensión de que se estaba ganando la guerra debido sólo al conteo de cuerpos de combatientes.

La pretensión de que es la tecnología, el armamento avanzado, y las tácticas “normales” de guerra las que deciden una victoria.

La pretensión de que se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo por siempre.

La pretensión de que por ser invasor y pelear en un país ajeno contra gente que vive ahí mismo, además de querer imponerles otro estilo de vida, todavía querer pensar que te estarán agradecidos por ello.

La creencia que eres el líder moral del mundo, aunque dejes caer más tonelaje de bombas en un año, que el que dejaste caer contra el enemigo en toda la segunda guerra mundial, y así por varios años, afirmando que esa era la mejor manera de lograr la paz.

La creencia de que con más y más soldados podrás lograr tus objetivos.

La creencia que es posible tirar una bomba atómica sobre un país y no esperar reacciones de los chinos o de los rusos.

La creencia que tienes a la prensa más influyente en tus manos.

La creencia que la opinión pública también está en tus manos.

La creencia que hay solo un tipo de paz, la tuya.

La creencia de que no es necesario hacer trabajo de campo, que sólo con leer memorándums, informes no confirmados, reportes sin verificar, opiniones de segunda o tercera mano, todo lo que pueda hacerse sin necesidad de estar allá en el campo, podrías saber cómo es la verdad, cómo es la realidad.

Y así muchas más.

¿Verdades que sí lo eran sin que la gente lo supiera? Ahí van:

Esperar provocaciones para contestar con respuestas incrementadas.

Corrupción rampante, de todos lugares, y todo mundo aceptándola como hecho consumado, sobre todo ellos, los norteamericanos, sabiendo por ejemplo que el cemento que se mencionaría en algún informe o reporte o discurso, midiéndose por decenas de miles de toneladas, se harían con él aulas que se desgajarán raspando con el mismo pulgar de tan mal hechas, toneladas que entraron al mercado negro.

Camarillas elegidas para el mismo gobierno en perjuicio de los propios habitantes, llenas de privilegios, poseedores de la riqueza y que realmente lo único que importaba no era su voluntad de gobernar democráticamente y con justicia, sino que era más bien su lealtad a los Estados Unidos.

Ignorar los mismos tratados internacionales que daban autonomía a los habitantes de Vietnam de ambos lados, para una elección libre para decidir su gobierno y su tipo de gobierno.

Que era claro que no se estaba ganando nada. Que se avanzaba sobre zonas que se “limpiaban” duramente de hostiles, y después, pasando el año, se reportaba que se “limpiaba” la misma zona, sin que nadie hubiera registrado o notado que esa ya se había “limpiado” antes. Y así por tercera, y por cuarta vez, y que la gente seguía muriendo por ambos lados.

Qué había regiones enteras “controladas” que no se podían recorrer por carretera, sólo por helicóptero, y aún así se decía que se tenía todo el territorio controlado.

Que se maquillaban reportes de cantidades de incursiones nocturnas de parte de los vietnamitas del sur, ningún vietnamita del sur podría hacer una incursión nocturna por terror total después de anochecer. Hubo mucha indolencia de parte de ellos. Y terror.

Que había planes secretos de paz, como el que anunciaba Nixon en la campaña electoral de 1968. Pero nunca hubo uno. Todo fueron trucos electorales que hicieron ganar a Nixon sobre Humphrey por un mínimo margen (como el que hubo entre Calderón y Lopez Obrador en México, en 2006).

Que la guerra acabaría pronto, pero había planes de llevarla por más de cinco años, a más de medio millón más de tropas (existían los documentos que lo afirmaban).

Que existía una corriente de pensamiento que afirmaba que era una necesidad en la administración Nixon el querer tirar bombas atómicas limitadas sobre Vietnam del Norte. Eso siempre se negó, pero apareció años después en las grabaciones de la Casa Blanca que salieron con el escándalo Watergate.

Todo esto, y muchas medias verdades, falacias y similares que faltan, pudieron ser ya conocidos por muchas personas, ya que es parte del todo conocido al respecto de la Guerra de Vietnam, pero en este contexto, de cómo un gobierno sistemáticamente se mentía entre sí, mentía a sus ciudadanos, mentía a los demás gobiernos, pero el núcleo de todo el pensamiento es que lo hizo sistemáticamente, por años.

“Luego soltábamos, girábamos, y aterrizábamos en el humo morado, decenas de niños salían de sus chozas, y corrían hacia donde estábamos y el piloto riendo y gritando: “Así es Vietnam, amigo. Bombardéalos y aliméntalos, bombardéalos y aliméntalos, bombardéalos y aliméntalos…”.

Airmobility, Dig It, del libro de Michael Herr, Dispatches, (1977)

Fin de la Segunda Parte

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domingo, octubre 25, 2009

Vietnam. Secretos de los Documentos del Pentágono, el libro de Daniel Ellsberg.

Primera parte

Siempre sonó raro eso: Viet-Nam. Yo crecí y aprendí a leer y a tener curiosidad por saber del mundo con los periódicos. Y me tropezaba mucho

con la palabra Viet-Nam. Después de un tiempo le quitaron el guion. Era algo que estaba ocurriendo muy lejos. Más bien no era tanto un lugar, sino un hecho, un suceso. Algo ocurría en Vietnam y no era bueno. Se hablaba de soldados, de batalla, de guerra, de muertos, de heridos, de bombardeos. De invasiones a Camboya, Laos. Cosas así, lejos de México.

Nadie me explicaba nada. Era algo lejano, oscuro. Nada que ver con nosotros.

Supe de Nixon, y supe de Kissinger. Gente importante.

Entre todo eso algo apareció: algo de unos Documentos del Pentágono y por los titulares había un gran escándalo al respecto. Es más, hice el intento de leerlos. Pero sólo el intento.

Luego me enteré de Watergate y el periódico durante años siempre habló de Watergate. Y nunca entendía nada tampoco.

Y todo eso ya no es tiempo presente, sino que ya es HISTORIA. Porque todo lo que pertenece al siglo pasado ya lo es (incluso yo mismo lo soy en gran parte). Las Torres Gemelas ya son historia, el Tsunami del 2004 ya es historia. Las elecciones de 2006 ya lo son incluso. Debe de haber un momento determinado en el que las noticias recientes se convierten en eso, en historia.

Vietnam ya era historia cuando terminó la guerra con Estados Unidos, y más cuando empezó.

La cantidad de imágenes en blanco y negro. La del jefe de policía disparando al vietnamita del norte, a la cara. Los niños y sobre todo la niña desnuda corriendo en las carreteras, huyendo del napalm. Soldados caminando, soldados en arrozales, soldados en lodo. Soldados de película: Apocalipsis Ahora, Apocalypse Now, de Coppola, la mejor, según yo, claro, Regreso sin Gloria, Coming Home, El Francotirador, The Deer Hunter, de Cimino, con Robert De Niro, Pelotón, Platoon, con Charlie Sheen, de Oliver Stone, Hamburger Hill (de la cual un excombatiente que nos dio clase de inglés en la empresa, nos comentó que para él era la más realista) y que no sé cómo se llamó en español.

“En los meses después que regresé los cientos de helicópteros que yo había volado comenzaron a dibujarse hasta que formaron un colectivo metacóptero, y en mi mente fue la cosa más sexy que se me ocurrió mientras pasaba: salvador-destructor, proveedor-derrochador, mano derecha-mano izquierda, rápida, fluida, inteligente y humana, acero ardiente, grasa, lienzo saturado de jungla, sudor que se enfría y se calienta de nuevo, rock and roll en cassette en una oreja y un fuego de artillería en la otra, combustible, calor, vitalidad y la muerte, la muerte misma, difícilmente intrusa.”

Airmobility, Dig It, del libro de Michael Herr, Dispatches, (1977)

En fin, eso era Vietnam, una guerra que se libró a docenas de miles de kilómetros de nosotros en una época en la que las únicas guerras que tenían real significado para nosotros eran las de monstruos en Monstruos del Espacio entre Goldar y Rodak. Nada más.

Una guerra que empezó prácticamente cuando nació mi generación, 1962, cuando los primeros technical advisors estaban ya ahí, siguiendo Kennedy la política de Eisenhower, y que no sumaban en ese momento más de 8,000. Y ese ya es un número alto, después de todo. Tenían su propósito supuestamente: entrenar al ejército de Vietnam del Sur para resistir los ataques de Vietnam del Norte, que por alguna razón querían quedarse con todo el sur. Pero eso no lo sabíamos, que caramba, estábamos en México y en esos años ni leyendo revistas, si las hubiese interesadas en el tema, o en periódicos, así, críticas o al menos notas objetivas, si te tocaba de milagro leer algo del tema del día, podrías enterarte de que realmente estaba pasando algo allá. Pero no era mucho lo que hubo.

Luego te enterarías leyendo revistas como Selecciones o Life en Español, que la cosa estaba fea por un lado (así decía Life allá por el 64: Vietnam, una guerra extraña), y que los comunistas, o rojos, querían adueñarse del mundo y que había que estar alertas.

Claro, con los años entendí que esas revistas tenían su encargo de decirle a los latinos esa parte, que lo que sucedía en Vietnam casi casi era el destino de la humanidad el que se jugaba. Y como los latinos no teníamos mas fuentes de información, pues así debía ser.

Pasaban los años y no sabíamos más que lo de vez en vez y de repente aparecía, por ejemplo recuerdo que mi papá me mandaba, nunca supe porqué esa necesidad específica y mi papá no está ya aquí para explicarme, por el periódico el Heraldo de México todos los domingos por la mañana.

Era el año de Junio de 1971, algún domingo de ese mes. Desde la esquina de la calle Jalapa con Veracruz en la Colonia Guadalupe de Tampico, me iba caminando hacia la avenida Hidalgo casi esquina con la calle Delicias (creo que ya no se llama así), en la colonia Lauro Aguirre, a una revistería donde vendían publicaciones incluso en inglés. De hecho ahí conocí la revista Mad, probablemente la llamada revista Pop (muy psicodélica, recuerdo vagamente su tipo de letra y sus variados y vivos colores, y si no fue en esa revistería donde la conocí fue en algún puesto de periódicos no muy lejos de ahí) y la revista Piedra Rodante, primitiva sucursal de la Rolling Stone de por entonces. Yo tenía 8 años.

Seguramente leí el cintillo superior de la primera plana: Los Documentos del Pentágono: Impresionantes Revelaciones de la Guerra de Vietnam. Pensé que era muy importante, quizá por ese día decidí dejar de leer lo que decía o pontificaba LE…

(Y lo que batallé para saber de quién eran las siglas: Luis Echevarría, ¡Hey, perdónenme, tenía sólo 8 años de edad y tenía dudas de si preguntar a mis mayores, por temor de quedar en ridículo! Pero eso sí, me acuerdo que cada cosa que pensaba, decía, mencionaba, discursaba, lo que fuese que saliera del maquiavélico cerebro de ese tal LE o LEA, era para ser recogido, grabado, registrado y expresado al orbe para ser repetido en los titulares de los periódicos, y el país (luego quería que el mundo mismo) a su vez debía poner atención total y sumisa a todo lo que él dijera sin posibilidad de malinterpretarlo o recusarlo, o lo peor: criticarlo o cuestionarlo, él era la patria).

…a tal nivel se me hizo importante el tema de los Documentos del Pentágono como para leer decidirme a leer algo tan denso de datos, cifras, hechos, reportes, personajes, jerarquías, autorizaciones, campañas, planes, nombres, lugares, siglas.

No recuerdo cuanto tiempo me la pasé así leyendo. Lo único que recuerdo es que ese asunto era tan importante de algún modo que a mucha gente del Pentágono les había molestado sobremanera que se publicaran, y luego no supe nada más. Y ni creo, por supuesto, haberlo terminado, yo no sabía que eran 8,000 páginas copiadas, o como dicen al sur del Trópico de Cáncer, fotocopiadas.

¿Qué que era el Pentágono? Un gran edificio donde está toda la cuestión importante del ejército de los Estados Unidos. ¿Qué era la “toda la cuestión importante” del ejército de los Estados Unidos? La verdadera fuente del Poder de ese país. El Poder de… poder ir a un país independiente a más de una decena de miles de kilómetros, meter cientos de miles de tropas casi como si nada y ponerlos a luchar contra otros cientos de miles de tropas irregulares que de cierto modo, sí estaban en su país, repeliendo a un invasor y muriendo por ello.

Es difícil no ponerse de uno de los lados. Es difícil de explicar cuando no se describe un contexto, de cuando el mundo hace mucho dejó de ser sencillo, si es que un día lo fue.

Como que muchas de las cosas de nuestros tiempos siempre están destinadas a enloquecernos ya que no sabemos ni sus orígenes ni sus destinos.

Así las cosas empecé a leer el libro de Secrets: A Memoir of Vietnam and the Pentagon Papers.

Y bueno, hay muchos temas aquí, unos documentos que están registrando una historia de envolvimiento, así le llaman, envolvimiento, de actos de guerra contra otra nación soberana, puesto que eso era Vietnam del norte.

No es que yo vaya a decir que los vietnamitas del norte tenían la razón en automático, y que por tanto considero que el comunismo en cuestión tenía razón de ser, y no es así, sino, aislemos esa parte siquiera por un rato.

No pensemos que Vietnam era comunista por un segundo, sino que era un país que peleaba contra un invasor. Y eso de ser comunista era, bueno, la historia ya decidió su suerte aun y que haya por ahí loquitos que les atrae esa idea.

“Los hombres en las tripulaciones [de los helicópteros] dirían que una vez que llevabas a una persona muerta, siempre estaría ahí contigo, volando contigo…”

Airmobility, Dig It, del libro de Michael Herr, Dispatches, (1977)

¿Qué pasaba por la mente de ese invasor además de invadir? ¿Qué pensaba la gente que se quedaba en USA?

Al parecer la cosa comenzó extrañamente, como todas las cosas que ahora suceden, en un lugar llamado Golfo de Tonkin, afuera de la costa de Vietnam del Norte, prácticamente en sus aguas territoriales en agosto de 1964, lo cual desencadenó el permiso de parte del Congreso para que las fuerzas norteamericanas pudieran responder ataques de las fuerzas armadas del Norte.

Así las cosas, empezó la llamada Guerra de Vietnam.

Fin de la primera parte

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sábado, octubre 03, 2009

Historias Alternativas de una Batalla Ya Olvidada…

El detalle es este, hay algo llamado Historia Alternativa, es una parte de la ciencia ficción que se encarga de analizar las posibilidades de la historia en las que los eventos por decir batallas, guerras, tratados, y demás incidentes del pasado fueron de otra manera, cambiando el resultado del evento en otra dirección con otras consecuencias no tan previsibles que si se encadenan con otros eventos forman un panorama muy distinto al que conocemos.

Algunos dicen que no es ciencia ficción y que sólo son divertimentos poco serios de historiadores también poco serios o de plano de aficionados. De hecho ya hablé yo del tema en un blog que escribí hará tres años que tiene que ver con una historia alternativa relacionada con los aztecas y Cortés en el sentido de que no fuimos conquistados sino solicitados como aliados y de retache, directos a conquistar España y Europa, pero con nosotros los aztecas, tan sanguinarios que éramos. Y para equilibrar esta historia, pues, Inglaterra es la única que aguantaba el Juggernaut azteca. (Juggernaut es una imagen del dios hindú Krishna, y es “una fuerza irrefrenable que en su avance aplasta o destruye todo lo que se interponga en su camino” y en este caso azteca la palabra correcta sería Juggernautl, ¿no?).

Así las cosas, no tiene mucho caso explicar más del tema, pero sí contar que me encontré con un ensayo interesante en la revista Time de Lunes 2 de Noviembre de 1981, titulado Yorktown: Si los Británicos Hubieran Ganado, escrito por Gerald Clarke.

Resulta que los británicos en esa fecha pero de 1781 perdieron esa última batalla de la Revolución Americana y con ello reconocieron que finalmente perdieron las trece colonias, cosa que es trascendente porque dio paso al nacimiento de los Estados Unidos, no poca cosa. Y como decía el artículo conmemoraba el 200 aniversario de la batalla final (parece de película) de la guerra de la Revolución, o sea, otro bicentenario más, ya vemos como son esas cosas…

Tomado de Wiki para mostrar el contexto general:

“En 1781, 8.000 soldados británicos al mando del general Charles Cornwallis fueron rodeados en Virginia, el último reducto, por una flota francesa y un ejército combinado franco-estadounidense al mando de George Washington de 16.000 hombres. Tiene lugar así la batalla de Yorktown. Cornwallis se rindió, y poco después el gobierno británico propuso la paz. Murieron 156 británicos, 52 franceses y 20 independentistas, siendo los últimos en caer en la Guerra de la Independencia.

(¿No fueron muy poquitos? Que mala puntería de todos.)

“En los restantes frentes entre 1779 y 1781, España sitió Gibraltar, una vez más infructuosamente, y se iniciaron una serie de campañas en América contra distintos puntos estratégicos del golfo de México en manos británicas, en la mayor parte de los casos coronadas por el éxito (Pensacola). Por otro lado, una exitosa expedición a Menorca permitió la recuperación de la isla en febrero de 1782. El Tratado de París o Tratado de Versalles se firmó el 3 de septiembre de 1783 entre Gran Bretaña y Estados Unidos y puso término a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. El cansancio de los participantes y la evidencia de que la distribución de fuerzas, con el predominio inglés en el mar, hacía imposible un desenlace militar, condujo al cese de las hostilidades.”

Gibraltar siempre será británico, lo siento, pero así es, así será. Siempre.

Y el contexto particular de la batalla es (también tomado de Wiki):

“La Batalla tuvo lugar en Yorktown, colonia de Virginia, asediada desde hacía varias semanas. Por un lado, tenemos a 8.000 británicos al mando de lord Charles Cornwallis, y por otro, a 9.000 insurgentes americanos, voluntarios de La Fayette, al mando del coronel Armand Tuffin, marqués de la Rouerie, y George Washington, así como 5.000 hombres del cuerpo expedicionario francés del conde Jean Marie Donatien de Vimeur de Rochambeau (11.000 franceses en total).

La flota francesa sostiene el bloqueo del puerto de Yorktown, impidiendo cualquier operación de reavituallamiento británica por mar, mientras que tropas terrestres francoamericanas rodeaban la ciudad.

El ejército francoamericano asedia la ciudad tras haber tomado las fortificaciones y bastiones que debían defenderla. El general británico que mandaba las tropas sitiadas en Yorktown, lord Cornwallis, se rinde, pretendiendo encontrarse enfermo, y envía a uno de sus subordinados a remitir su espada a los vencedores.”

…Pero este artículo del Time lo pone todo al revés, que los británicos la ganaban. Y el ensayo al que me refiero lo trata como si se conmemoraba una oscura batalla de las tantas que el gran Imperio tenía y que rutinariamente ganaba alrededor de todas las épocas y todos los lugares de este nuestro mundo pequeño en el que vivimos.

El ensayo destaca varios de los hechos que están en la memoria y se conmemoran, si pongo el caso México, bueno, tendríamos que pensar que hubiera pasado si el Iturbide jamás se hubiera puesto de acuerdo con Guerrero para consumar la Independencia de México, que caramba, un día como hoy, 27 de Septiembre, pero del año 1821. Y no sólo quedarnos en eso, sino el que hubiera pasado, después. Si por cansancio los españoles, los realistas, los mexicanos y los insurgentes hubieran dicho, ya, ya, ya, lo que sigue. Son detalles que sólo pueden resolver los que están muy apegados al conocimiento de la historia y saben las variables en las que nos movemos. O más bien, en las que pudimos movernos.

De eso se trata en parte esto de la historia alternativa y tiene su lado, cuando estás haciéndole al prospectivo, o al analista situacional, o al futurista, no es que te pongas a adivinar y a colocar escenarios sin ton ni son (escenario: terrible palabra que no es correcta per se, pero que ayuda a nuestros propósitos en los que uno empieza a analizar las condiciones en las cuales puedes moverle al control del uno a diez, en cuanto peor-mejor, de entre lo imposible, posible, probable, razonable y a combinarla con otras palanquitas y así obtener decenas de esos escenarios en los que se desechan varios y nos quedamos por decir con tres o cuatro o cinco, no más), y de ahí a prepararnos para poder tener los posibles rutas de acción con los cuales podemos anticipar de donde vendrá el golpe.

Analizar estas historias alternativas nos dan esa visión de poder estudiar qué factores influyeron y qué de ellos podrían repetirse. El ser humano siempre hace lo mismo utilizando las herramientas en su contexto histórico.

Así las cosas:

En México no toda la gente está consciente de las fechas, de la historia, sólo de las fechas obvias, las que marca el calendario, las demás, si no son asuetos, poco importan, es parte de la idiosincrasia del país. Cosas de la memoria selectiva en la que el Gobierno como entidad que es la que marca lo que debe enseñarse, conmemorarse y lo que no, tiene mucho que ver.

Pero volviendo al ensayo. Este es contado desde el punto de vista de un inglés, por supuesto. Menciona que la más importante batalla de la historia de su nación es La Batalla de Yorktown en Octubre de 1781.

“La batalla en cuestión fue peleado por un lado por los británicos comandados por Charles Earl Cornwallis que derrotó a fuerzas mucho más grandes de los franceses y de los americanos rebeldes en los que se tomó prisionero a su comandante, George Washington.

“Con la captura de Washington llevado a Londres y colgado como traidor, la rebelión colapsó y nadie tuvo la estatura o el estómago para empezarla de nuevo…

Aquí hay un detalle, en México, con la captura y posterior ejecución de Hidalgo y Allende y demás, uno hubiera pensado que la Independencia ahí quedara, que la paz hubiera llegado a la colonia, pero increíblemente, ahí estuvo Morelos en el sur, que, como poéticamente se ha dicho, mantuvo la llama de la independencia contra todo pronóstico, durante varios años más. Y cuando faltó Morelos siguió Mina, y después Guerrero. Y después…

“Ese viejo bribón, Benjamín Franklin, quien persuadió al rey Luis XVI para poner a su tesoro en bancarrota en la causa rebelde, se quedó en Paris, para perseguir jovencitas y volar cometas durante tormentas eléctricas.

“Thomas Jefferson, el más grande de los propagandistas de la época también se refugió en Europa, con su amante negra y continuó sus fechorías por otros 43 años.

Sé que pudiera ser difícil un poco entender el contexto de este ensayo, pero créanme, Jefferson es un super héroe. Un personaje histórico que ya hubiéramos querido muchos en este planeta. Y sí, se cuenta que tuvo su amante negra y que la familia blanca de Jefferson, ya lleva varios años reuniéndose con la familia negra de él, todos unidos por su tatara-tatara-abuelo. Y eso no lo disminuye como gran héroe.

“Una vez que los líderes de la rebelión fueron ejecutados o dispersos, el gobierno británico admitió sus errores previos –tácitamente, por supuesto- y buscó reparar los viejos errores. El rey Jorge III, que se había quejado de que se volvería loco si sus colonias americanas se perdieran...

(En la vida real, la película de George III, The Madness of the King George, Las Locuras del Rey Jorge, así fue tal cual, sus locuras están muy claramente descritas. No es poca cosa perder unas trece colonias así como así. No ocurre todos los días. Démonos cuenta, eran las mejores colonias de América entera, las que prometían los mejores recursos, sin tantos indios que mat… asimilar. ¿Canadá? Mmm, Canadá era, es eso, Canadá.)

…reganó sus espíritus y ánimos, y probó ser un monarca bondadoso. No más de un tercio de los colonos habían apoyado la insurrección y en cualquier situación, seis años de riego de sangre y de privaciones fueron rápidamente olvidados en la era de buen sentimiento que siguió a la guerra.

Eso es lo bueno en este caso. Alguien que no guarde rencor. Por algo este rey se volvió loco. Tampoco eso sucede muy seguido.

“Las colonias fueron colocadas bajo un gobierno unificado por primera vez, y una nueva capital fue establecida en el río este de Manhattan, en los campos fértiles de Brooklyn. Algunos la querían poner la nueva capital muy al sur, en los bancos del Potomac, pero cabezas más sabias decidieron que nunca prosperaría en esos lugares calientes y llenos de niebla. Seguramente asentado en Brooklyn, el nuevo gobierno lentamente evolucionaría en una democracia parlamentaria tal y como la conocemos el día de hoy, con la independencia plena llegando sólo hasta el año de 1843.

“Antes de que eso ocurriera, sin embargo, los británicos realizaron en 1833 algo magnificente: ellos abolieron la esclavitud, aquí, como en todas partes de su imperio.

“Gente de cabeza caliente en el sur, los cuales dependían de esa terrible institución, amenazó con una segunda insurrección, pero el peso combinado de las provincias del norte y el ejército británico y su flota fueron suficientes para congelar esa indignación sobrecalentada.

Aquí comienza lo interesante:

“No todo lo que hicieron los victoriosos británicos fue tan sabio, y si ellos no hubieran sido tan miopes en algunas maneras, América sería un país más grande de lo que es. No queriendo ofender a los indios, o interferir con su lucrativo comercio de pieles, Londres continuó prohibiendo asentamientos al occidente de los Montes Apalaches. El Acta de la Barrera de los Apalaches fue tan frecuentemente ignorada, pero sin embargo desaceleró el desarrollo del Lejano Oeste, la vasta área entre los Apalaches y el río Mississippi. Solo hasta en este siglo tenemos Illinois, Michigan y Wisconsin, por ejemplo, que tuvieron poblaciones lo suficientemente grandes para calificar para provincias; hasta 1908 tuvieron gobernadores de territorios nombrados por la oficina del Primer Ministro en la Avenida Flatbush, que, como todos saben, es la principal avenida de Brooklyn, enfrente de la isla de Manhattan, capital de América Británica.

Se dice que los británicos son tan decentes, (okey, en el contexto general no cínico de lo que es decencia, estoy leyendo ahora mismo un libro llamado Secretos: una Memoria de Vietnam y de los Documentos del Pentágono, escrito por Daniel Ellsberg, que habla de lo "decente” que puede ser un gobierno con sus gobernados, en este caso el gobierno norteamericano con su pueblo en los años de la década de los sesentas (y cincuentas y setentas), pero hablaremos de ello en su momento), entonces, los británicos son (o eran, que sé yo) tan decentes, lo que se dice decentes, relativamente claro, que si en la India, los gobernantes hubieran sido franceses, españoles o mexicanos, el llamado Problema Gandhi solo hubiera durado dos días en la primera vez que lo metieron a la cárcel, y no se hubiera sabido ya nada más del señor, y por consiguiente hubiera sido inimaginable que la Joya de la Corona o sea la India, jamás sería entregada a él y a su gente en 1947. Y de hecho poco después fue alguien de su gente quien lo mató.

“Otra desafortunada consecuencia de la Acta de la Barrera fue animar a los franceses en tratar de empujar su frontera al este del Mississippi. El emperador Napoleón había sido tentado para vender todas las posesiones del Nuevo Mundo, por menos de 3 millones de libras, pero Jefferson, ese consumado revoltoso, lo convenció de guardar sus 828,000 millas cuadradas para poblarlos ellos con los labriegos sin tierra de Francia y del sur de Europa. Si no hubiera sido por Jefferson, América, nuestra América Británica, podría haberse extendido del Atlántico a las Rocallosas. Hubiera sido tan grande como México, la cual heredó de España no sólo el sudoeste sino casi todo el oeste de la divisoria continental.

¿Qué es la divisoria continental? Tiene que ver con la línea imaginaria que marca las sierras principales del continente americano y con el sistema natural de irrigación de los ríos, si quieren saber más del tema, consúltenlo en Wikipedia, pero el detalle es que en México we don´t give a damn about it, así que sólo queda como asunto a detallar que al anglosajón sí le es importante y ponen placas conmemorativas y todo, quizá sea como nosotros pensamos acerca del Trópico de Cáncer, que en las carreteras sí le ponemos una placa distintiva, al menos me tocó ver una de ellas en la carretera que va de Ciudad Victoria a Mante, quizá sugerida por algún apasionado anónimo a la geografía, supongo, mmm, habría que averiguarlo…

Y la justificación de ésta adaptación de ensayo es por ese reconocimiento de México como todavía poseedor de esa masa impresionante de territorio de eso que todos reconocemos como letanía escolar: Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Colorado, parte de Utah y parte de Oregon. En resumen, un territori-al-al-al-al-al, gigantesco de recursos de extensiones de praderas, desiertos, cañones, costas, montañas, valles, Disneylandia, San Francisco, Silicon Valley, Hollywood, Los Álamos, El Álamo, Houston, Dallas y McAllen.

Aquí es donde entra el opio de imaginarnos la conjugación de los verbos correspondientes, el que sería, lo que pudo ser, lo que hubiera sido, lo que no se dio, etcétera. Sí, es un opio. Te ciega de momento. Nubla el pensamiento. Quieres que ese mejor escenario posible sea el que te esté sucediendo, y tratas de asir en el vacío que ese haya sido; peor, que ese esté siendo.

Pero la idea de mostrarlo así aquí es natural para el que juega con estas cosas e irremediablemente te va llevando a pensar en cómo se originan, en meditar como un pequeño incidente conduce a un final de batalla diferente, a un final de guerra distinto. En cómo están flotando a nuestro alrededor millares de puntos pequeños de decisión, de inflexión, que pueden cambiar destinos de personas o países.

No estoy seguro si la batalla de Yorktown haya sido tan importante en ese sentido, si los colonos americanos ya la tenían ganada de antemano, si la guerra de las colonias americanas ya era un caso perdido para Inglaterra, si ya estaba el todo o nada, si la derrota fue la gota que derramó el vaso. Si ya todos estaban cansados. Si el concepto estratégico de trece colonias perdidas ya estaba en la mente de los ingleses (hubo un intento de reconquista de parte de ellos en 1812 que fracasó y que se arregló todo en un tratado en Europa que regresó las fronteras y capturas y conquistas a como estaban antes y que selló la alianza y amistad entre Estados Unidos e Inglaterra desde entonces por los tiempos por venir incluso hasta ahora, Siglo XXI) Pero de que fue un punto de inflexión a partir del cual sucedieron cosas, lo fue.

“Sólo el conde de Liverpool, que era por entonces el Primer Ministro Británico, puede ser responsabilizado por el fracaso de comprar Florida y las tierras a lo largo de la Costa del Golfo, a las cuales los españoles, tan dificultosos como siempre, pusieron el precio de un millón de libras en 1819. Si Lord Liverpool no hubiera sido tan tonto y ceremonioso esa península favorecida por el sol sería ahora una provincia americana temerosa de Dios y respetuosa de las leyes, en vez de ser una mediocre dictadura que sólo exporta drogas, enfermedades y depravación.

De entre todos los escenarios posibles de una Florida independiente, ¿no se les pudo ocurrir algo más sano? ¿Sólo ellos los entonces White Anglosaxons Protestants pueden traer paz, tranquilidad y seguridad a un país? ¿No estarán ellos, ellos como analistas WASP por excelencia o yo mismo, como lector habitante de país extercermundista-pero-globalizado-to-be, cerrados a otras posibilidades? ¿No se les ocurrió que el país independiente de Florida pudo traer las mismas virtudes republicanas (en el sentido de república) con mínima corrupción y mínima tolerancia a la falta de respeto por las leyes…? Se vale cuestionar…

“Bien, de acuerdo, de vuelta al Mississippi, donde los franceses y los británicos emplazaron una guerra constante a lo largo de las orillas del río. De hecho en la batalla final de la Guerra del Mississippi tomó lugar tan tarde como en el año de 1865. Sólo entonces en la batalla de Prairie du Chien, ciudad al sureste de Wisconsin, donde los ejércitos combinados americanos y británicos bajo el mando del General Sir Ulises S. Grant, persuadieron a los franceses y a sus aliados indios que se quedaran de su lado del río.

Hábilmente, el escritor Gerald Clarke, evoca los estruendos de combate que hubo casualmente en las épocas de la Guerra Civil Americana de 1861 a 1865. Y curiosamente le da a los indios una gran zona en donde se quedaron a salvo. Ya lo dije, los ingleses son todos unos caballeros.

“Después de eso, Paris pareció perder interés en su tercio del continente de Norte América, y con la bendición francesa, la nueva nación independiente de Louisiana alzó su bandera en Julio 14, día de la Bastilla, de 1870. Aquellos días de disputa han sido olvidados y ahora América y Louisiana son vecinos amigables. Nuestra población es de 75 millones de habitantes, de acuerdo al censo de 1980, sólo 7 millones menos de los que habitan Louisiana y su protectorado indio, Amerinda. Nuestro producto Nacional Bruto es sin embargo, considerablemente mayor, 439 mil millones de libras, comparado contra su combinado de 369 mil millones de libras.

Para esto la Lousiana sí medía todo eso. Y sí, los franceses pecaron de tímidos, o quizá estaban demasiado metidos en lo suyo, con sus guerras napoleónicas incendiando por toda Europa, como para preocuparse de sus colonias americanas, a las que estas tampoco el clima les ayudaba mucho, Nueva Orleans estaba (está) cerca de pantanos, marismas y ciénagas, además de la misma desembocadura del Mississippi en el golfo de México. No un lugar muy atractivo para colonizar. Y ni hablar de huracanes, ¿verdad?

“Ambos hemos sido leales a los países que nos nutrieron y nos protegieron de la rebelión y de otras locuras. Ciertamente América, como Nueva Zelandia, es frecuentemente acusada de ser más británica de lo que es Gran Bretaña, mientras Louisiana, como Quebec, tenazmente desea regresar a una anterior y en muchas maneras Francia más agradable. Ningún ingles podría mostrar más emoción sobre un juego de cricket que el americano promedio amante de los deportes, y el comienzo de la Serie Mundial de Cricket la semana pasada fue un ritual nacional para muchos americanos. Louisiana, a su vez, ha retenido ese descuido aparente, ese encanto algo curioso que asociamos con todas las cosas francesas: una buena comida, una buena conversación y un agradable menosprecio por las convencionales morales. También retuvo algunos desafortunados recuerdos de su herencia de frontera salvaje. A diferencia de América donde las pistolas fueron hechas ilegales, Louisiana permite a un niño de diez años, tener un revolver, nadie está seguro en sus calles.

“Ambos de nosotros hemos mostrado nuestra lealtad a Europa en maneras materiales tambien, y cuando Alemania amenazó a Bretaña y Francia con guerra en Agosto de 1914, tanto las capitales de Brooklyn y St. Louis en conjunto fueron corriendo a brindar apoyo a sus madres patrias respectivas. Esa muestra de fuerza fue suficiente para persuadir al Kaiser Guillermo II para que se retirara, y Europa, como ustedes saben, ha seguido en paz desde entonces.

Una vez más, aquí empieza lo interesante:

“Lo mismo no puede ser dicho de Asia, por supuesto, donde el conflicto intermitente entre dos grandes imperios autocráticos, Japón y Rusia, ponen en peligro al mundo entero. Después de que rompió su aislamiento autoimpuesto en el siglo XIX, Japón probó ser casi invencible. Sin ningún país en el área lo suficientemente fuerte para hacerle frente en su camino, Tokio ganó su presente dominio sobre el Pacífico, invadiendo las islas hawaianas en 1910 y forzando a un México débil a ceder las Islas Catalina enfrente de la costa del sur de California, en 1913.

Primero la pregunta, ¿porqué un México débil? ¿Porque estábamos en una revolución? ¿Madero hubiera actuado débil aún frente a una amenaza exterior del tamaño de un Japón avasallante? ¿Cómo hubieran actuado nuestros revolucionarios caudillos, frente a una amenaza exterior? ¿Los hubiera unificado contra el masiosare el extraño enemigo?

Para esto las Islas Catalina, lo leí en algún lugar, en la historia real, no fueron como se dice, negociadas, como para ser trasladadas al dominio de los Estados Unidos a partir del 2 de Febrero de 1848, cuando fue suscrito el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en la ciudad de México a resultas de la Guerra Mexico-Americana de 1846-1847. Esas islas Catalina fueron entonces invadidas sin permiso de nadie, a partir de esas fechas por nuestros grandes amigos, los norteamericanos.

Punto interesante siempre para recordar, y sólo para agregar un poquitín de drama a la historia alternativa, el día 10 de febrero de 1848, según unos, o el 24 de enero de 1848, según otros y por tanto todavía dentro de legítimo territorio mexicano, encontraron pepitas de oro no muy lejos de San Francisco unos obreros que construían un molino en Coloma. De ahí se corrió la voz y se desató la gran fiebre de oro que dio origen a los 49ers, a los que viajaban a California en aquél año de 1849 (el equipo de futbol americano llamado así llegaría cien años después).

Pero el asunto es qué hubiera pasado si hubieran sido mexicanos los que descubrieran el oro en territorio mexicano… uno se pregunta… si otra historia nos cantaría…

“Santa Catalina es ahora el Hong Kong japonés, un centro de actividad industrial cuyo aire contaminado lleno de smog ensucia los cielos de otra manera claros del Los Angeles tranquilo y siestero. Derrotada por Japón en la batalla del estrecho de Tsushima en 1905, Rusia fue forzada a rendir su América Rusa algunas veces conocida por Alaska. Ahora, bajo su agresivo nuevo Zar, Nicolas VII, parece determinada a reganar el territorio conquistado y a empujar al mundo en lo que podría bien ser la primera guerra mundial.

Así las cosas, México, el débil México, (¿siempre sería débil? ¿Eso es hablar de sucesos que son estimulados por un carácter nacional o colectivo o más bien son dependiente de otros sucesos, disparadores por decirles así, dignos de análisis de historia alternativa ellos mismos?), repito, el “débil” México tiene delante de sí al Hong Kong japonés. ¿Habría lugar para Tratados de Libre Comercio? ¿Habría situaciones de migraciones descomunales año tras año, hacia esa isla? ¿Hacia Alaska? ¿Hacia Amerinda, Louisiana? ¿La situación económica de México siempre estaría sujeta a vaivenes? ¿Estudiaríamos francés en nuestras aulas? ¿O Japonés?¿Habría un contexto de Guerra Fría mundial que haya podido mantener el interés extranjero al reconocer a un Partido en México por tantos años y que haya logrado mantener el poder monolítico y el control corporativo sobre su gente tantos años?

“¿Que tiene que ver todo esto con la batalla de Yorktown?, preguntarás, ¿Quién puede saberlo de seguro? Todo lo que puedo decirte por seguro es que si el general Washington hubiera ganado aquella ocasión a Cornwallis, los pasados 200 años hubieran sido muy diferentes.

Oh, sí.

“Lo cual me trae a la siguiente tarea para la siguiente semana. Escriban en cuatro cuartillas, o 1,200 palaras, una historia de unos Estados Unidos independientes. Usen su imaginación, y sean guiados por una sola regla. Nada es inevitable.

Así termina el ensayo de Gerald Clarke. Bastante interesante. Estimulante, divertido, inútil, complaciente, arrogante, precipitado, irreflexivo, genial.

Para esto, este anuncio del año pasado, molestó a mucha, mucha gente. Las historias alternativas puede que no sean agradables a muchas personas.

Aún después de 162 años de los hechos, la gente es sensible.

Ah, la memoria colectiva, me encanta.

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lunes, septiembre 21, 2009

¿Contando Gatúbelas? ...sólo en The Big Bang Theory

Contar Gatúbelas no lo hace mucha gente, de hecho puede que cuando lo hagas (¿tú no lo haces?), tengas problemas para hacerlo correctamente. Mira, es muy sencillo, sólo eliges entre Eartha Kitt, Julie Newmar (todo mundo olvida a Julia Newmar), Lee Meryweather, Michelle Pfeiffer, sin olvidar a Halle Berry.Ahora el problema es elegir cuál de ellas te gusta más y en qué orden van ellas.

Mmm, es difícil, ¿eh? Eartha Kitt podría estar en primer lugar, cantante fabulosa de blues, coolness total. Gatúbela negra, en ese año de 1966 eso era provocador. ¿Julie Newmar? La recordamos ciertos veteranos cuando bellísima salía como robot en Mi Muñequita Viviente, programa, obvio, sesentero. ¿Lee Meryweather? Miss USA no sé de qué año, preciosa y divina, posterior científica del Tunel del Tiempo que con toda su ciencia y con sus amigos nunca pudieron traer a Tony y a Douglas de sus aventuras pasadas, literalmente.

¿Cuál es entonces la mejor Gatúbela? No cual fue. Cuál es.Michael Pfeiffer, ya muy conocida, cantante fabulosa y sensual en los Fabulosos Hermanos Baker, cool en su prrr, y Halle Berry, Halle Berry, mmm, Halle Berry, ¿la vieron en Swordfish? ¿En Monster Ball? (Aunque sea Gatúbela negra ya no es discusión).Todo está dicho.

El orden puede ser entonces:

Eartha Kitt, Julie Newmar, Michelle Pfeiffer, Halle Berry, Lee Meryweather.

Ahora el punto. ¿Sólo los nerds lo hacen? ¿O sólo los geeks?

No es el punto aquí hablar de unos o de otros, si es que alguien los puede diferenciar de verdad.

El punto es hablar de The Big Bang Theory.

No sé cual sea la cuestión con este programa en cuanto a que tanta gente la ve, si esta es significativa o no. El punto es que hace años (muchos, quince, dieciseis) cuando escribía en el periódico El Norte de la ciudad de Monterrey en una sección efímera llamada De Todo me tocó querer comentar algo de la televisión del canal Sur (no confundir con el TeleSur venezolano de Chávez, este canal Sur era una especie de compendio de muchos canales de Sudamérica como el Mexicanal) que daban por entonces por cable y donde veíamos muchas cosas como los programas de concursos ecuatorianos, los noticieros argentinos, los talk show peruanos, y de hecho uno muy bueno con Jaime Bayly, y sobre todo, miraba un programa de comedia que me fascinaba por entonces por lo gracioso, simpático y sencillo llamado Casado con mi Hermano. El caso es que no me lo publicaron que porque no todos los lectores del periódico El Norte tenían cable y no le entenderían o al menos no era de su interés probablemente. Misterios de la demografía. En fin.

The Big Bang Theory. No todos tienen cable, no todos lo conocen, pero aquí en este blog no desperdiciamos papel, total somos greenies, verdes, environmentales, ambientales, whatever. Por tanto hablaré de las personas estas que aparecen en TBBT que parte de lo que hacen, en lo que se entretienen, es precisamente en hacer discusiones serias de algo tan trascendente como responder a la pregunta “¿quién es la mejor Gatúbela?”.

Pocos entienden que sí es trascendente.

Y muchos consideran que eso es trivial. Casi frívolo, incluso.

Exploremos pues, temas no tan principales pero que siempre salen en TBBT:

¿Cómo saber que no estamos en The Matrix? (La comida siempre es mejor ahí).

¿Cómo saber reconocer a una chica esclava de Orión? (además de saber que son sensuales y verdes, mmm, de acuerdo, pertenece al mundo de Star Trek, alias Viaje a las Estrellas, ¿alguien allá afuera menor de treinta años sabe que Viaje a las Estrellas es el nombre original en español de Star Trek?)

O bien, apreciar un Nintendo 64 para jugar Mario de manera original.

O usar una camiseta con un patrón gráfico de televisión a la antigua usanza.




O sospechar si Peppermint Patty es lesbiana, y no, no lo es, es atlética, es Marcia quien es lesbiana (y saber que son personajes de Charlie Brown, mmm, ¿Snoopy?, sí, ese Snoopy).






O despertar de pronto a mitad de la noche y gritar “¡PELIGRO, PELIGRO!” (saludos Will Robinson, donde quiera que estés).

O como considerar entender un chiste de Klingons, o algo más complejo, tal vez, como evaluar si realmente George Lucas infringió en un error, falta, pecado, elemental al permitir la reinterpretación de los hechos (¿que no hay respeto?) respecto a que Greedo “apareciera” como que él disparaba primero a Han Solo en aquella taberna de Mos Eisley, cosa que los que conocieron las películas de Star Wars antes de sus “ediciones especiales”, sabían que fue alterado artificialmente para justificar que Han Solo le disparaba al cazarrecompensas originalmente primero alterando también el código de aventurero del mismo, amoral, artero y mañoso hasta ese momento, por tanto no compres su cereal o shampoo con su cara.

Y ellos un día podrían discutir quizá si Indiana Jones podría a su vez ser manipulado en Los Cazadores del Arca Perdida, y que sucedería ahora al ver la escena en Egipto con el espadachín vestido de negro amenazando con dos sables a Indy, y éste, con su látigo como arma precisa pero él, ya cansado y desesperado, nos sorprendía a todos con la entonces madre de todos los anticlichés al acabar con el duelo prematuramente, de cierta manera injusta, alevosa y hasta criminal, con un balazo artero y mañoso, matando al espadachín, ¿qué pasaría, qué hará Spielberg respecto a eso cuando le llegue a su mente la comezón del dilema moral? Esa es la pregunta frívola, trivial, total.

O podríamos tomar en cuenta, ¿Batman murió o no murió en esa explosión del helicóptero? Según el canon de comic así fue y desde entonces ha sido substituido por el primer Robin, quien a su vez ha sido substituido por el hijo de Batman que…

Bueno, ¿esta gente es así siempre de rara? ¿O así hemos sido, o somos, algunos tal vez?

La premisa detrás de TBBT es la de cuatro jóvenes (dos ya están perdiendo el pelo) Leonard Hofstadter, Sheldon Cooper, Howard Wolowitz y Rajesh Koothrappali, de los cuales dos de ellos (Leonard y Sheldon) viven juntos en un departamento, los otros dos viven fuera (Wolowitz y Rajesh), y de cierto modo es esto todo un cliché a todo lo que da, pero con sus matices y sutilezas propias, por supuesto.

Los jóvenes son básicamente físicos que hacen investigaciones científicas y en sus ratos libres no. Y eso no es todo lo que haría interesante en sí al programa per se, eso en sí forma ya una masa inamovible con sus propias concepciones del mundo, además habría que agregarle la aparición esperada de la proverbial fuerza irresistible para equilibrar el conflicto: su vecina, una rubia normal, guapa y hasta cierto punto voluptuosa que le da sabor al caldo, le da contraste y le da textura, ella es la tentación, ella es el santo grial, ella es la excepción que marca la regla en su existencia, ella es la manzana. O al menos eso fue ella en la primera temporada ya que ya no aparecen tanto ni su escote, ni sus piernas.

Así las cosas el programa muestra las aventuras y desventuras de estos cuatro científicos jóvenes que siempre han estado trabajando junto con computadoras, que manejan Facebook, que respetan Internet como a un dios menor, que saben de blogs (¿quién no sabe de blogs?), que manejan en ocasiones los mismos satélites secretos que manejan los militares del Pentágono ¡para ubicar la casa escondida donde están las chicas de la American, Next Top Models!, que saben que la personalidad y que sus celos fulgurantes figuran en las mismas presentaciones de teorías de física cuántica que hasta provocan peleas en los salones frente a la misma audiencia y que son grabadas para ser subidas de inmediato a YouTube, por supuesto.

Los capítulos, típica comedia americana sitcom, de 22 minutos más comerciales. Y lo de siempre, equívocos, consecuencias de los hechos de los ticks emocionales de cada quién, extrañezas particulares del carácter quirky de alguno de ellos. El mundo visto desde fuera, la mirada desde el alien frente a la sociedad en la que los demás, nosotros, viven, vivimos. Y esto es desde su lógica pragmática total, absoluta, despiadada, absurda y en ocasiones infantil. De lo sublime a la rabieta suprema.

No es que ellos sean sabiondos, o categorías arcanas del conocimiento afines, que sí lo son, pero lo son porque tienen la capacidad y porque adoran el conocimiento y adoran la tecnología, y no saben si eso los hará libres y no les importa, lo disfrutan en su vida diaria, porque saben al dedillo cuestiones como el tema del Gato de Schroedinger el cual no solamente lo discuten en charlas de física cuántica sino para lo aplican al dilema cósmico de si invitar a la vecina a salir o no. Eso los hace humanos, identificables, coeficiente intelectual, fuera de la escala; coeficiente social, una piedra bola de río les gana.

O se juntan para corear los cuatro juntos el Also Sprach Zaratustra de Strauss, que se enlaza más que imperativamente con 2001: Una Odisea Espacial en el momento en el que el prehomínido (mencionar que el escritor Arthur C. Clarke bautiza a éste en la novela como Moonwatcher, sería demasiado, creo ¿o no?) lanza el hueso-arma primigenia que con el paso del tiempo hará a su especie la reina del mundo.

O también se puede hablar de su percepción de poder ver el maratón completo del Planeta de los Simios al que van vestidos al cine con máscaras de gorilas. Porque eso es devoción al cine, o más bien, a ese tipo de cine. Buenas películas, si sabes verles el ángulo.